Mykt
se encontraba debajo de la puerta de la Biblioteca, repleta de incrustaciones
de rubíes y piedras preciosas que pintaban con destellos de colores los campos
de la entrada. Era una imagen increíble para cualquier espectador: las flores
se reflejaban a varios metros de altura, como si fueran espectros ascendiendo;
los árboles parecían derramar gotas de luz; la hierba se impregnaba de colores
desiguales que iban degradándose según se acercaban al horizonte; y las rocas
parecían gelatinas translúcidas al brillo de aquellos cristales maravillosos.
Cualquier alma se hubiera enamorado de tremendo paisaje, pero Mykt ni siquiera
se inmutó. Su mente estaba colapsada por el hallazgo que escondía entre sus
pliegues. El archivo se titulaba “Memorias de Ermët”, y el cual, presentía
Mykt, debía de ser una de las mayores reliquias de Genia.
No
sabía cuánto tiempo le había ocupado leerse las memorias de aquel ancestro,
pero su reloj interior le aseguraba que mucho más de lo que se podía esperar de
un relato común. Ya en los últimos capítulos empezó a notar la languidez de su
cuerpo efímero, despidiéndose de su vida etérea para volver a la material. Aún
así, las revelaciones que se escondían tras sus líneas no le permitieron
despegarse ni un segundo del relato. Además, después del modo en que acabaron topándose
con él, no podía sino creer que aquel archivo se le había aparecido por algún
motivo ulterior… debía de haber un destino, un poder más fuerte que le acercara
a éste, ya que lo que se explicaba en las memorias era demasiado importante
como para considerarse simple casualidad. El relato provocaba un cambio
drástico en la concepción del movimiento y desarrollo de Genia, y su exposición
al resto de seres podría conllevar efectos que ni él mismo se atrevía a
imaginar.
Había
acabado encerrado en una de las inmensas salas vacías de la Biblioteca por una
simple riña de cazurros. Como siempre que su tiempo se lo permitía, acudió a la
taberna Txfer a soltar con
otros compañeros disparates sobre el origen y la justificación del mecanismo de
Genia. Muchas de las peculiaridades que definían el sistema se consideraban
injustas o absurdas, y no resultaba extraño encontrarse con pequeños grupos de
objetores discutiendo sobre hipótesis o describiendo utopías irracionales de
otras posibles configuraciones de Genia. Sin embargo, los diálogos nunca iban
más allá de la mera palabrería, puesto que nadie tenía conocimientos
suficientes como para abordar alguna de estas inconformidades e intentar buscar
un modo de modificar su funcionamiento. Y aquello también resultaba un tema
recurrente en sus conversaciones… ¡Vaya que sí! Como fue en su última visita a
la taberna…
Les
encantaba soñar con un gobierno mejor, beber de sus palabras y embriagarse con
sus mundos ideales, donde podrían descansar como era debido, y no seguir
malviviendo y sufriendo como ya fueron obligados en vida. No obstante, lo que
más inquietaba y preocupaba a los inquilinos era el poder de la justicia en
Genia: enervaba a cualquiera el sistema de castigo que Genia impartía sobre los
culpables, y no soportaban que las víctimas no pudieran descansar en paz ni
siquiera una vez muertas. Cuando Mykt compartía sus preocupaciones, siempre
había algún antiguo inquilino que se reía de él. Al final siempre concluían repitiéndole
lo mismo con diferentes palabras: << Más te vale dejar todas esas
ilusiones de novato y disfrutar de tu estancia, al igual que lo intentaste,
resignado, durante tu vida en Antorbor >>.
Se
lo habían dicho de decenas de maneras distintas, pero jamás le había molestado,
hasta aquella última vez, cuando el centésimo discurso a favor de la
postura conformista reforzó aún más su actitud de rebeldía - Si pensamos siempre así, nunca cambiará
nada – gritó en medio de la taberna. Pero, como ya tenía previsto, le
volvieron a rebatir - ¿Cómo vas a cambiar
algo en Genia? ¿Tú? ¡Ni tú ni nadie! – Gritaba alguien por encima del
barullo y de las risas provocadas por sus palabras - Genia es así y ya está. No se trata de un líder que te impone órdenes
absurdas, sino de un sistema superior que no depende de nada. – Pero a Mykt
no le convencía, ¿Cómo podía estar tan seguro aquel orador? Que él supiera,
aquella verdad que había sido aceptada por simple reducción de posibilidades,
podía ser tan cierta como que existiera un grupo oculto al resto, el cual dirigiera
el destino de todas las almas e hiciera creer precisamente que todo ocurría por
causa divina. – Si tienes tantas ganas de
destripar la verdad de Genia, más te vale ir a la Biblioteca y no perder
el tiempo en una taberna con estos cabezotas. – Se alzó una voz por encima
del resto. - Se dice que ahí se encuentra
toda la información que existe de Genia, desde sus orígenes hasta la
actualidad. Por lo visto se explica cómo fue creada y se puede seguir ciclo por
ciclo su historia. – Y aquella voz sin rostro fue el detonador. Mykt pensó
“Si eso es cierto, demostraré que podemos cambiar las cosas, y que existe un
modo para ello. Buscaré la verdad y la mostraré al mundo.”
Abandonó
la taberna y se fue directo a la Biblioteca de Genia. Jamás se había acercado
ni a observarla por fuera. Era un edificio enorme, tan alto como una montaña, y
tan ancho que desde la puerta no alcanzaba a ver las esquinas. Sus paredes eran
blancas y brillantes como el mármol, pero duras y rugosas como rocas. No tenía
ventanas, sólo falsas columnas ralladas que se disponían equidistantemente a lo
largo de la fachada. Tampoco tenía un grabado donde se leyera Biblioteca. Aquel edificio se alzaba
desde los primeros días de la vida, y por ello, nunca había necesitado ser
etiquetado para reconocerse. La puerta era tres veces más grande que Mykt, de
color dorado, arqueada y con unos relieves semiesféricos que cubrían toda la
parte superior. El marco, también dorado, se vestía de piedras preciosas de
varios colores, que iluminaban la entrada, como si su cuerpo endeble fuera a abrasarse
con un sol al traspasarla. Al igual que el resto en Genia, el tiempo no se apreciaba
en la grandiosa obra maestra, que brillaba como si se hubiera elevado en esas
tierras apenas instantes antes.
Pero
al entrar, el asombro no terminó. En una construcción tan inmensa como aquel
edificio, lo único que se encontraba en su interior eran tres puertas negras,
casi tan altas como el edificio, y tan anchas como un gigante. Sus acabados
eran sencillos, meras puertas comunes, lisas y rectangulares, contrarias a la
suntuosidad que envolvía la fachada. Aquellas puertas tenían pomos a diferentes
alturas, facilitando la accesibilidad a cualquier inquilino de cualquier lugar
y época. Se erguían sin ninguna pared, y si se les rodeaba no se veía nada más
que sus caras opuestas. En su borde superior, cada una tenía un holograma con
un texto. En la puerta izquierda se leía “Sobre la creación de Genia”, en la puerta del centro ponía “Ordenanzas, manifiestos, entretenimientos y
otras observaciones”, y en la derecha simplemente “Memorias”. La última llamó especialmente la atención de Mykt,
por el mero hecho de que no especificaba nada: ni de quiénes eran las memorias,
ni la temática de las mismas. Se imaginaba que sería una especie de
recopilación de la historia de Genia, posiblemente con una tremenda disparidad
de información. Y si su teoría era cierta, aquella miscelánea podría
favorecerle para encontrar lo que buscaba.
Con
su vientre, agarró el pomo que se le presentaba a la altura de la vista, y con
un débil impulso, abrió la tercera puerta. Ante él apareció una nueva sala,
esta vez repleta de archivadores que subían hasta el techo, y de puertas que
llevaban a otras salas idénticas, con más archivadores. En todas se podían
hallar más de veinte mesas de diferentes alturas con decenas de asientos cada
una. Recorrió varias salas antes de pararse a mirar los archivos, y no encontró
a nadie en ninguna de ellas. Aquello le pareció muy triste, pero, por otra
parte, le permitió percatarse de que
precisamente así era cómo Genia demostraba que algo era viejo; ya que había
pasado al olvido, y su funcionalidad se había quedado atascada en algún punto
del pasado, cuando tremendas dimensiones merecerían la pena. Después de
deambular un rato, decidió que ya era momento de investigar, aunque, ante
tantos archivos no sabía realmente por dónde empezar. En las estanterías se
acumulaban cajitas cuadradas de metal grisáceo, con una pequeña chapa donde un
holograma reproducía el título del archivo, que siempre se regía por la
misma norma: “Memorias del autor, ciclo
x”. Leía un sinfín de nombres que jamás había visto antes, ni siquiera tras
su llegada a Genia, pero tampoco le sorprendió, debía de haber tantos nombres
que ni siquiera conociera de su planeta... ¿cómo iba a reconocer todos los
nombres de aquel lugar? Por otra parte, que se especificara el ciclo le
intrigaba, porque nadie era consciente del propio en el que se encontraba.
Simplemente sabían que sus vidas se conformaban por éstos, y nada más.
Después
de haber visto varios archivos, al final todos le parecían idénticos, y
evidentemente, los títulos no le daban ninguna pista de sus contenidos, con lo
que no tuvo más remedio que escoger uno aleatoriamente, al que ni siquiera se
molestó en leer su título, “¿Qué más dará?” pensó. Se sentó en la mesa cuya
altura le era más adecuada, y abrió la caja. La chapa enfocó directa hacia sus
ojos, y las letras del título se le proyectaron claramente: “Memorias de Ermët, ciclo 5.751.039”, se
leía. Le parecían muchos ciclos, muchos más de los que había visto en otros
títulos que no pasaban de los dos millones. Por lo visto, ese autor debía de
ser uno de los primeros creados… aquello le hizo preguntarse si él mismo sería
tan viejo, y no sólo eso, sino cómo sería posible averiguarlo.
Cuando
abrió la caja, Mykt pareció desaparecer de la Biblioteca. No le extrañó porque
ya había experimentado aquello varias veces desde que estaba en Genia. Las
palabras, escritas en su idioma natal, rodearon todos sus campos de visión.
Eran grandes y nítidas, y mientras las iba leyendo, escuchaba al propio autor
dictándolas al tiempo que percibía las sensaciones que éste reproducía en sus
palabras. Al principio no se diferenciaba de una mera novela autobiográfica,
pero según iba avanzando en la lectura, descubría auténticos secretos del
sistema de aquel místico mundo. Cada línea que leía, le introducía más en la historia,
a la par que le distanciaba del resto del mundo, hasta que, finalmente, terminó
por perder el contacto con el entorno exterior. Ya había desaparecido para
todos, pero no importaba, aquel relato estaba siendo temiblemente revelador.
Después
de leer la última línea del relato, las letras se desvanecieron y Mykt volvió a
encontrarse en la sala de la Biblioteca, sentado en la mesa y con la caja
cerrada entre sus bases proyectadas. Le surgían mil dudas a la vez. Tras haber
leído el prólogo obligatorio que le aparecía previo al archivo, sabía que
aquella historia era indiscutiblemente cierta, lo que le amedrentaba, ya que
significaba que todo en lo que había creído, todo por lo que pretendía luchar
era un disparate, si no una pérdida de tiempo: era absurdo intentar cambiar
Genia sabiendo la realidad de su historia, y de cómo funcionaban todos los
entresijos con los que las almas sólo habían podido conjeturar. Aún así… por lo
menos ahora sabía por dónde podría empezar… aunque se inquietaba ¿qué debía hacer? Era lo único que
pasaba por su mente. Se levantó sofocado, quería andar por la sala para
despejarse la mente. Se dispuso a avanzar con los pliegues de su base, pero
algo iba mal, todo lo que le rodeaba parecía deformarse ante sus pupilas. El
mobiliario de la sala impregnaba una peste húmeda y mohosa que se calaba en sus
babas, haciendo que el cuerpo entero le pesase. Al instante siguiente supuraba
por todo su perímetro, debilitándosele sus fuerzas. Debía escapar de ahí cuanto
antes. Torpemente comenzó a correr, y entonces lo notó… su conexión con su
antigua complexión material se había esfumado. Ya no podía permanecer en Genia
por mucho más tiempo… ¿qué iba a hacer? El
destino le había entregado una gran responsabilidad: era el único ser de todo
el mundo conocedor de la única verdad. No podía desaparecer sin más… justo ahora…
debía decírselo a alguien, la noticia debía ser conocida por todos para que
pudieran descansar en paz durante su estancia en Genia…
Nervioso,
recorría sofocado la sala de extremo a extremo, una, y otra, y otra vez...
meditando sobre cómo ralentizar su inminente partida, de cómo enseñar al mundo
su descubrimiento, pero las ideas se le dispersaban en la mente, por culpa de
la insistente amenaza de su cuerpo por dejar Genia. Y antes de que pudiera dar
con una solución, éste finalmente se sometió a su destino. La fuerza de
voluntad se le había consumido, y sus piernas le guiaban involuntariamente
hacia la salida. Se encontró de nuevo en la monumental puerta dorada de la
Biblioteca, vislumbrando el increíble panorama de colores que se le brindaba.
Una tímida brisa agitaba la hierba del prado, de forma que los colores bailaban
entre las olas del viento como destellos escurridizos. Sin embargo, su mente
estaba extasiada y dolida por la impotencia de su persona. Se negaba a
rendirse, pues se había encabezonado con la idea de que había sido su destino
el que le había llevado hasta el archivo, ¡Si él ni siquiera tenía instinto
para reconocer los destaques de Genia! … y entonces cayó en la cuenta… ¡Eso
era! Debía hacerse con un alma instintiva. Estaba seguro que uno de ellos
sabría qué hacer con las memorias. Se decidió a salir definitivamente del
perímetro de la Biblioteca, para correr en busca de algún ejemplar de aquella
peculiar raza, y cuando toda la base de su cuerpo estaba postrada sobre el
césped, éste se movió de nuevo involuntariamente. Ahora no podía ni siquiera
frenarlo, intentaba resistirse, empotrarse contra los árboles, hundirse en el
suelo embarrado, pero nada surtía efecto. Su cuerpo fatigado rebotaba contra
todos los obstáculos que se le aparecían, llegó incluso a cruzarse con otros
seres, y a todos les suplicó que le ayudaran. Se agarró de las piernas de un
centauro e intentó enrollarse entre sus coces, pero la fuerza le estiraba hacia
delante. Una pareja de predores andaba a su vera, quiso chocarse
contra ellos, pero no conseguía alcanzarles. Y gritar era inútil, ya nadie percibía
su presencia. Iba directo a los límites de Genia, donde él mismo debería
elaborar su nuevo perfil para ser enviado de vuelta al mundo material.
Nadie
sabía cómo llegar a los límites, excepto los seres instintivos, que conocían
todos los entresijos de Genia sin haberlos aprendido previamente. El resto de
seres sólo eran capaces de encontrar aquel lugar cuando se hubieran desligado
de su última memoria material.
Los
límites daban a un río cuyo ancho era, por lo menos, cien veces mayor que Mykt,
y el cual moría en una cascada que se precipitaba al vacío. Alrededor, simplemente
se hallaban unos pocos árboles gelatinosos que cubrían la mesa monumental que
contenía el historial del universo. Apartó las blandengues ramas, que le pringaron
con babas toda la parte superior de su cuerpo, y pudo visualizar en todo su
esplendor el ajetreo que concurría alrededor de tremenda mesa. Había centenares
de personajes de diversas especies preparándose para su partida, al igual que
él. Se acercó para inspeccionar aquel mueble, de un verde tan intenso que se
sentía artificial. Parecía que estaba fabricada de un material natural, a su
parecer con tres partes de carbono, y una cuarta parte de un componente que no
lograba reconocer… Millares de diminutas incrustaciones cubrían aquella tabla
maciza. Parecían viñetas de historietas breves, como resúmenes de las vidas de
todas las almas que habían visitado aquel escondrijo de Genia. Acercó su cuerpo
para acariciar la mesa, y en cuanto la rozó, un diminuto ser apareció en frente
de él. Era un ser azulado y cilíndrico, no más grande que muchas de las
burbujas del líquido interno que se agitaba en el cuerpo traslúcido de Mykt. En
el centro tenía un ojo negro que prácticamente ocupaba todo el cuerpo de aquel
ser diminuto. De sus extremos sobresalían dos cilindros que supuso serían sus
conductos de alimentación y excreción. De uno de ellos colgaba una cuerda que
ataba un punzón un poco más grande que el propio dueño.
Mykt
observaba pasmado aquel curioso espécimen, cuando de repente éste empezó a
abalanzarse de delante hacia atrás, para finalmente tirarle el punzón, que fue
directo a clavarse en su superficie delantera. El proyecto de cíclope volvió a
enlazarse el punzón en su extremidad y lo extrajo de un estirón. Súbitamente unas
cifras en forma de relieve se escribieron en el punzón. Mykt no tuvo tiempo de
leer qué número era exactamente, puesto que antes de poder si quiera echarle un
ojo, el pequeño elemento desapareció corriendo para volver casi al mismo
instante con una caja sobre su cuerpo. La tiró sobre la mesa y se escabulló
entre el bullicio de la mesa hacia otro recién llegado.
Era
una caja de madera rojiza, alargada y lisa. En ella estaban grabados los
caracteres “Trm. Xqw. Alg. Pir. Yha.
Zvb. Nfu”. Sabía que eran los números propios de Genia, pero él nunca
aprendió a reconocerlos. Siempre pensó que se trataban de una pérdida de
tiempo, pero en aquel instante se arrepentía, aunque era consciente que entenderlos
tampoco le serviría de nada, hubiese querido saber qué posibles significados
escondían aquellos números. La caja no tenía cerrojo, sólo una tapa que se
podía soltar levantándola. Al abrirla supo que todo había acabado. Delante de
él tenía las millones de opciones que todavía le quedaban por elegir. Una vez
en ese punto, entendía que ya no había marcha atrás. Debía elegir su nueva vida
y lanzarse por la cascada para partir definitivamente. Su concentración se le
sumergió en aquella función y no podría reparar en nada más hasta haberlo
finiquitado.
“Al
final no ha servido de nada, Ermët lo escribió para prevenirnos y que no
cayéramos en el error de su generación, y ha sido completamente en
vano” lloró Mykt en el instante antes de que su ente se cayera por la
cascada.