**Genia: elemento compositivo que significa “origen”, “principio de algo”.**

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jueves, 4 de agosto de 2011

1. LAS MEMORIAS DE ERMËT





Mykt se encontraba debajo de la puerta de la Biblioteca, repleta de incrustaciones de rubíes y piedras preciosas que pintaban con destellos de colores los campos de la entrada. Era una imagen increíble para cualquier espectador: las flores se reflejaban a varios metros de altura, como si fueran espectros ascendiendo; los árboles parecían derramar gotas de luz; la hierba se impregnaba de colores desiguales que iban degradándose según se acercaban al horizonte; y las rocas parecían gelatinas translúcidas al brillo de aquellos cristales maravillosos. Cualquier alma se hubiera enamorado de tremendo paisaje, pero Mykt ni siquiera se inmutó. Su mente estaba colapsada por el hallazgo que escondía entre sus pliegues. El archivo se titulaba “Memorias de Ermët”, y el cual, presentía Mykt, debía de ser una de las mayores reliquias de Genia.

No sabía cuánto tiempo le había ocupado leerse las memorias de aquel ancestro, pero su reloj interior le aseguraba que mucho más de lo que se podía esperar de un relato común. Ya en los últimos capítulos empezó a notar la languidez de su cuerpo efímero, despidiéndose de su vida etérea para volver a la material. Aún así, las revelaciones que se escondían tras sus líneas no le permitieron despegarse ni un segundo del relato. Además, después del modo en que acabaron topándose con él, no podía sino creer que aquel archivo se le había aparecido por algún motivo ulterior… debía de haber un destino, un poder más fuerte que le acercara a éste, ya que lo que se explicaba en las memorias era demasiado importante como para considerarse simple casualidad. El relato provocaba un cambio drástico en la concepción del movimiento y desarrollo de Genia, y su exposición al resto de seres podría conllevar efectos que ni él mismo se atrevía a imaginar.

Había acabado encerrado en una de las inmensas salas vacías de la Biblioteca por una simple riña de cazurros. Como siempre que su tiempo se lo permitía, acudió a la taberna Txfer a soltar con otros compañeros disparates sobre el origen y la justificación del mecanismo de Genia. Muchas de las peculiaridades que definían el sistema se consideraban injustas o absurdas, y no resultaba extraño encontrarse con pequeños grupos de objetores discutiendo sobre hipótesis o describiendo utopías irracionales de otras posibles configuraciones de Genia. Sin embargo, los diálogos nunca iban más allá de la mera palabrería, puesto que nadie tenía conocimientos suficientes como para abordar alguna de estas inconformidades e intentar buscar un modo de modificar su funcionamiento. Y aquello también resultaba un tema recurrente en sus conversaciones… ¡Vaya que sí! Como fue en su última visita a la taberna…

Les encantaba soñar con un gobierno mejor, beber de sus palabras y embriagarse con sus mundos ideales, donde podrían descansar como era debido, y no seguir malviviendo y sufriendo como ya fueron obligados en vida. No obstante, lo que más inquietaba y preocupaba a los inquilinos era el poder de la justicia en Genia: enervaba a cualquiera el sistema de castigo que Genia impartía sobre los culpables, y no soportaban que las víctimas no pudieran descansar en paz ni siquiera una vez muertas. Cuando Mykt compartía sus preocupaciones, siempre había algún antiguo inquilino que se reía de él. Al final siempre concluían repitiéndole lo mismo con diferentes palabras: << Más te vale dejar todas esas ilusiones de novato y disfrutar de tu estancia, al igual que lo intentaste, resignado, durante tu vida en Antorbor >>.

Se lo habían dicho de decenas de maneras distintas, pero jamás le había molestado, hasta aquella última vez, cuando el centésimo discurso a favor de la postura  conformista reforzó aún más su actitud de rebeldía - Si pensamos siempre así, nunca cambiará nada – gritó en medio de la taberna. Pero, como ya tenía previsto, le volvieron a rebatir - ¿Cómo vas a cambiar algo en Genia? ¿Tú? ¡Ni tú ni nadie! – Gritaba alguien por encima del barullo y de las risas provocadas por sus palabras - Genia es así y ya está. No se trata de un líder que te impone órdenes absurdas, sino de un sistema superior que no depende de nada. – Pero a Mykt no le convencía, ¿Cómo podía estar tan seguro aquel orador? Que él supiera, aquella verdad que había sido aceptada por simple reducción de posibilidades, podía ser tan cierta como que existiera un grupo oculto al resto, el cual dirigiera el destino de todas las almas e hiciera creer precisamente que todo ocurría por causa divina. – Si tienes tantas ganas de destripar la verdad de Genia, más te vale ir a la Biblioteca y no perder  el tiempo en una taberna con estos cabezotas. – Se alzó una voz por encima del resto. - Se dice que ahí se encuentra toda la información que existe de Genia, desde sus orígenes hasta la actualidad. Por lo visto se explica cómo fue creada y se puede seguir ciclo por ciclo su historia. – Y aquella voz sin rostro fue el detonador. Mykt pensó “Si eso es cierto, demostraré que podemos cambiar las cosas, y que existe un modo para ello. Buscaré la verdad y la mostraré al mundo.”

Abandonó la taberna y se fue directo a la Biblioteca de Genia. Jamás se había acercado ni a observarla por fuera. Era un edificio enorme, tan alto como una montaña, y tan ancho que desde la puerta no alcanzaba a ver las esquinas. Sus paredes eran blancas y brillantes como el mármol, pero duras y rugosas como rocas. No tenía ventanas, sólo falsas columnas ralladas que se disponían equidistantemente a lo largo de la fachada. Tampoco tenía un grabado donde se leyera Biblioteca. Aquel edificio se alzaba desde los primeros días de la vida, y por ello, nunca había necesitado ser etiquetado para reconocerse. La puerta era tres veces más grande que Mykt, de color dorado, arqueada y con unos relieves semiesféricos que cubrían toda la parte superior. El marco, también dorado, se vestía de piedras preciosas de varios colores, que iluminaban la entrada, como si su cuerpo endeble fuera a abrasarse con un sol al traspasarla. Al igual que el resto en Genia, el tiempo no se apreciaba en la grandiosa obra maestra, que brillaba como si se hubiera elevado en esas tierras apenas instantes antes.
Pero al entrar, el asombro no terminó. En una construcción tan inmensa como aquel edificio, lo único que se encontraba en su interior eran tres puertas negras, casi tan altas como el edificio, y tan anchas como un gigante. Sus acabados eran sencillos, meras puertas comunes, lisas y rectangulares, contrarias a la suntuosidad que envolvía la fachada. Aquellas puertas tenían pomos a diferentes alturas, facilitando la accesibilidad a cualquier inquilino de cualquier lugar y época. Se erguían sin ninguna pared, y si se les rodeaba no se veía nada más que sus caras opuestas. En su borde superior, cada una tenía un holograma con un texto. En la puerta izquierda se leía “Sobre la creación de Genia”, en la puerta del centro ponía “Ordenanzas, manifiestos, entretenimientos y otras observaciones”, y en la derecha simplemente “Memorias”. La última llamó especialmente la atención de Mykt, por el mero hecho de que no especificaba nada: ni de quiénes eran las memorias, ni la temática de las mismas. Se imaginaba que sería una especie de recopilación de la historia de Genia, posiblemente con una tremenda disparidad de información. Y si su teoría era cierta, aquella miscelánea podría favorecerle para encontrar lo que buscaba.

Con su vientre, agarró el pomo que se le presentaba a la altura de la vista, y con un débil impulso, abrió la tercera puerta. Ante él apareció una nueva sala, esta vez repleta de archivadores que subían hasta el techo, y de puertas que llevaban a otras salas idénticas, con más archivadores. En todas se podían hallar más de veinte mesas de diferentes alturas con decenas de asientos cada una. Recorrió varias salas antes de pararse a mirar los archivos, y no encontró a nadie en ninguna de ellas. Aquello le pareció muy triste, pero, por otra parte, le  permitió percatarse de que precisamente así era cómo Genia demostraba que algo era viejo; ya que había pasado al olvido, y su funcionalidad se había quedado atascada en algún punto del pasado, cuando tremendas dimensiones merecerían la pena. Después de deambular un rato, decidió que ya era momento de investigar, aunque, ante tantos archivos no sabía realmente por dónde empezar. En las estanterías se acumulaban cajitas cuadradas de metal grisáceo, con una pequeña chapa donde un holograma reproducía el título del archivo, que siempre  se regía por la misma norma: “Memorias del autor, ciclo x”. Leía un sinfín de nombres que jamás había visto antes, ni siquiera tras su llegada a Genia, pero tampoco le sorprendió, debía de haber tantos nombres que ni siquiera conociera de su planeta... ¿cómo iba a reconocer todos los nombres de aquel lugar? Por otra parte, que se especificara el ciclo le intrigaba, porque nadie era consciente del propio en el que se encontraba. Simplemente sabían que sus vidas se conformaban por éstos, y nada más.

Después de haber visto varios archivos, al final todos le parecían idénticos, y evidentemente, los títulos no le daban ninguna pista de sus contenidos, con lo que no tuvo más remedio que escoger uno aleatoriamente, al que ni siquiera se molestó en leer su título, “¿Qué más dará?” pensó. Se sentó en la mesa cuya altura le era más adecuada, y abrió la caja. La chapa enfocó directa hacia sus ojos, y las letras del título se le proyectaron claramente: “Memorias de Ermët, ciclo 5.751.039”, se leía. Le parecían muchos ciclos, muchos más de los que había visto en otros títulos que no pasaban de los dos millones. Por lo visto, ese autor debía de ser uno de los primeros creados… aquello le hizo preguntarse si él mismo sería tan viejo, y no sólo eso, sino cómo sería posible averiguarlo.

Cuando abrió la caja, Mykt pareció desaparecer de la Biblioteca. No le extrañó porque ya había experimentado aquello varias veces desde que estaba en Genia. Las palabras, escritas en su idioma natal, rodearon todos sus campos de visión. Eran grandes y nítidas, y mientras las iba leyendo, escuchaba al propio autor dictándolas al tiempo que percibía las sensaciones que éste reproducía en sus palabras. Al principio no se diferenciaba de una mera novela autobiográfica, pero según iba avanzando en la lectura, descubría auténticos secretos del sistema de aquel místico mundo. Cada línea que leía, le introducía más en la historia, a la par que le distanciaba del resto del mundo, hasta que, finalmente, terminó por perder el contacto con el entorno exterior. Ya había desaparecido para todos, pero no importaba, aquel relato estaba siendo temiblemente revelador.

Después de leer la última línea del relato, las letras se desvanecieron y Mykt volvió a encontrarse en la sala de la Biblioteca, sentado en la mesa y con la caja cerrada entre sus bases proyectadas. Le surgían mil dudas a la vez. Tras haber leído el prólogo obligatorio que le aparecía previo al archivo, sabía que aquella historia era indiscutiblemente cierta, lo que le amedrentaba, ya que significaba que todo en lo que había creído, todo por lo que pretendía luchar era un disparate, si no una pérdida de tiempo: era absurdo intentar cambiar Genia sabiendo la realidad de su historia, y de cómo funcionaban todos los entresijos con los que las almas sólo habían podido conjeturar. Aún así… por lo menos ahora sabía por dónde podría empezar… aunque se inquietaba ¿qué debía hacer? Era lo único que pasaba por su mente. Se levantó sofocado, quería andar por la sala para despejarse la mente. Se dispuso a avanzar con los pliegues de su base, pero algo iba mal, todo lo que le rodeaba parecía deformarse ante sus pupilas. El mobiliario de la sala impregnaba una peste húmeda y mohosa que se calaba en sus babas, haciendo que el cuerpo entero le pesase. Al instante siguiente supuraba por todo su perímetro, debilitándosele sus fuerzas. Debía escapar de ahí cuanto antes. Torpemente comenzó a correr, y entonces lo notó… su conexión con su antigua complexión material se había esfumado. Ya no podía permanecer en Genia por mucho más tiempo… ¿qué iba a hacer? El destino le había entregado una gran responsabilidad: era el único ser de todo el mundo conocedor de la única verdad. No podía desaparecer sin más… justo ahora… debía decírselo a alguien, la noticia debía ser conocida por todos para que pudieran descansar en paz durante su estancia en Genia…

Nervioso, recorría sofocado la sala de extremo a extremo, una, y otra, y otra vez... meditando sobre cómo ralentizar su inminente partida, de cómo enseñar al mundo su descubrimiento, pero las ideas se le dispersaban en la mente, por culpa de la insistente amenaza de su cuerpo por dejar Genia. Y antes de que pudiera dar con una solución, éste finalmente se sometió a su destino. La fuerza de voluntad se le había consumido, y sus piernas le guiaban involuntariamente hacia la salida. Se encontró de nuevo en la monumental puerta dorada de la Biblioteca, vislumbrando el increíble panorama de colores que se le brindaba. Una tímida brisa agitaba la hierba del prado, de forma que los colores bailaban entre las olas del viento como destellos escurridizos. Sin embargo, su mente estaba extasiada y dolida por la impotencia de su persona. Se negaba a rendirse, pues se había encabezonado con la idea de que había sido su destino el que le había llevado hasta el archivo, ¡Si él ni siquiera tenía instinto para reconocer los destaques de Genia! … y entonces cayó en la cuenta… ¡Eso era! Debía hacerse con un alma instintiva. Estaba seguro que uno de ellos sabría qué hacer con las memorias. Se decidió a salir definitivamente del perímetro de la Biblioteca, para correr en busca de algún ejemplar de aquella peculiar raza, y cuando toda la base de su cuerpo estaba postrada sobre el césped, éste se movió de nuevo involuntariamente. Ahora no podía ni siquiera frenarlo, intentaba resistirse, empotrarse contra los árboles, hundirse en el suelo embarrado, pero nada surtía efecto. Su cuerpo fatigado rebotaba contra todos los obstáculos que se le aparecían, llegó incluso a cruzarse con otros seres, y a todos les suplicó que le ayudaran. Se agarró de las piernas de un centauro e intentó enrollarse entre sus coces, pero la fuerza le estiraba hacia delante. Una pareja de  predores andaba a su vera, quiso chocarse contra ellos, pero no conseguía alcanzarles. Y gritar era inútil, ya nadie percibía su presencia. Iba directo a los límites de Genia, donde él mismo debería elaborar su nuevo perfil para ser enviado de vuelta al mundo material.

Nadie sabía cómo llegar a los límites, excepto los seres instintivos, que conocían todos los entresijos de Genia sin haberlos aprendido previamente. El resto de seres sólo eran capaces de encontrar aquel lugar cuando se hubieran desligado de su última memoria material.

Los límites daban a un río cuyo ancho era, por lo menos, cien veces mayor que Mykt, y el cual moría en una cascada que se precipitaba al vacío. Alrededor, simplemente se hallaban unos pocos árboles gelatinosos que cubrían la mesa monumental que contenía el historial del universo. Apartó las blandengues ramas, que le pringaron con babas toda la parte superior de su cuerpo, y pudo visualizar en todo su esplendor el ajetreo que concurría alrededor de tremenda mesa. Había centenares de personajes de diversas especies preparándose para su partida, al igual que él. Se acercó para inspeccionar aquel mueble, de un verde tan intenso que se sentía artificial. Parecía que estaba fabricada de un material natural, a su parecer con tres partes de carbono, y una cuarta parte de un componente que no lograba reconocer… Millares de diminutas incrustaciones cubrían aquella tabla maciza. Parecían viñetas de historietas breves, como resúmenes de las vidas de todas las almas que habían visitado aquel escondrijo de Genia. Acercó su cuerpo para acariciar la mesa, y en cuanto la rozó, un diminuto ser apareció en frente de él. Era un ser azulado y cilíndrico, no más grande que muchas de las burbujas del líquido interno que se agitaba en el cuerpo traslúcido de Mykt. En el centro tenía un ojo negro que prácticamente ocupaba todo el cuerpo de aquel ser diminuto. De sus extremos sobresalían dos cilindros que supuso serían sus conductos de alimentación y excreción. De uno de ellos colgaba una cuerda que ataba un punzón un poco más grande que el propio dueño.

Mykt observaba pasmado aquel curioso espécimen, cuando de repente éste empezó a abalanzarse de delante hacia atrás, para finalmente tirarle el punzón, que fue directo a clavarse en su superficie delantera. El proyecto de cíclope volvió a enlazarse el punzón en su extremidad y lo extrajo de un estirón. Súbitamente unas cifras en forma de relieve se escribieron en el punzón. Mykt no tuvo tiempo de leer qué número era exactamente, puesto que antes de poder si quiera echarle un ojo, el pequeño elemento desapareció corriendo para volver casi al mismo instante con una caja sobre su cuerpo. La tiró sobre la mesa y se escabulló entre el bullicio de la mesa hacia otro recién llegado.

Era una caja de madera rojiza, alargada y lisa. En ella estaban grabados los caracteres “Trm. Xqw. Alg. Pir. Yha. Zvb. Nfu”. Sabía que eran los números propios de Genia, pero él nunca aprendió a reconocerlos. Siempre pensó que se trataban de una pérdida de tiempo, pero en aquel instante se arrepentía, aunque era consciente que entenderlos tampoco le serviría de nada, hubiese querido saber qué posibles significados escondían aquellos números. La caja no tenía cerrojo, sólo una tapa que se podía soltar levantándola. Al abrirla supo que todo había acabado. Delante de él tenía las millones de opciones que todavía le quedaban por elegir. Una vez en ese punto, entendía que ya no había marcha atrás. Debía elegir su nueva vida y lanzarse por la cascada para partir definitivamente. Su concentración se le sumergió en aquella función y no podría reparar en nada más hasta haberlo finiquitado.

“Al final no ha servido de nada, Ermët lo escribió para prevenirnos y que no cayéramos en el error de su generación, y ha sido completamente en vano” lloró Mykt en el instante antes de que su ente se cayera por la cascada.