“¡Espera, Tobi!” le gritaba Oras a su hermano, agotado por intentar seguir su paso acelerado.
- Ya estamos, Oras. ¡No seas vago!
Oras nunca antes había salido de los suburbios de Acoba, y ese día su madre les había enviado al Vertedero de Tólu Éhade, en las cuevas de desperdicios que estaban a las afueras, en los confines de Saeria. No tenía muy claro qué era exactamente aquel lugar al que se dirigían, pero entendía el valor sagrado que tenía para los acoísa, al ser el único sitio donde podían esconderse y realizar todo tipo de artilugios clandestinos que ayudasen en la supervivencia de su raza, como era el caso que les llevaba ahí. Su madre quería que fueran en busca de Aifghar el tejedor, para que les remendara urgentemente la red de pesca, puesto que Oras ya tenía los colmillos tan largos como para que le sobresalieran al cerrar la boca, y la manada había determinado que al día siguiente realizaría por fin su ritual de entrada en los Mandatos de Supervivencia de Acoba. Durante el ritual le designarían un empleo que sirviera de utilidad al resto de sus compatriotas, y que debería dominar antes de que apareciera el sol rojo, momento en el que ya debería haber desarrollado los colmillos y las garras completamente. Por ello mismo, su madre quería celebrarlo por todo lo alto, y más allá de las gachas de grasa que componían su dieta diaria, quería poner pescado en la mesa. A Oras se le hacía la boca agua al pensarlo. Estaba tan emocionado que su cola se había mostrado erguida y tiesa como una barra durante todo el día, lo que le avergonzaba un poco, ¿pero qué le iba a hacer? Además, iba a comer como un rey, y pasaría a ser un miembro de los Mandatos, como lo era su hermano Tobi en la artesanía de la mecánica, y como lo fue su hermana Minaga en el arte del curtido.
Realmente estaban cerca del Vertedero, puesto que Oras podía avistar en la cima del cerro, justo debajo de un risco, la cueva con forma de larma, como le habían comentado anteriormente: el arco de su entrada era alargado, casi tanto como el ancho de la colina donde se encontraba; el extremo izquierdo se estrechaba abruptamente, como el hocico de una larma; en cambio, su extremo derecho se estrechaba progresivamente, hasta aparentar una fina línea desde la lejanía, como la cola de la criatura. Sólo por esa cueva podían acceder a los pasadizos que guiaban al Vertedero. Tobi le había advertido que, una vez dentro de la cueva, tendrían que ser muy cautelosos, porque era muy transitado por las máquinas Morym, y si descubrían a un acoísa que no estuviera destinado a las cuevas, significaría su fin. Aquello le espantaba, no sabía cómo iban a escabullirse de las tremendas máquinas que le tenían atemorizado desde que tenía memoria. Eran máquinas de madera y acero, tres veces más grandes que cualquier acoísa adulto, y diez veces más fuertes y desgarradoras… con dos brazos tan grandes como un adulto, articulados a base de muelles y engranajes, rodeados de escamas puntiagudas, y cuyas garras eran armas de tortura: la derecha imitaba a las propias garras de un acoísa, pero mucho más grandes y hechas de acero. Estaban enlazadas con unos muelles que permitían articular cada prolongación. Y la mano izquierda tenía forma de punta rotatoria, la cual se giraba con una manivela, y conseguía suficiente fuerza como para perforar un cuerpo hasta traspasar el hueso. La máquina se movía con cinco piernas de acero que formaban un círculo, y eran tan largas como sus brazos. Su esqueleto estaba compuesto por un circuito mecánico de poleas y engranajes que se podían ver perfectamente cómo articulaban aquella máquina infalible para someter a cualquiera. Y en el centro, uniendo todas las articulaciones, había un cubículo de madera, lo suficientemente grande para que cupiese el elicea que fuera a controlar la máquina.
Cuando las máquinas Morym rondaban por los Suburbios, ninguna familia se atrevía a salir de su chabola. Se contaban historias terribles sobre las barbaridades que podían cometer contra su raza, como que clavaban sus escamas puntiagudas en las mejillas y las desgarraban, o que más de una vez habían visto cómo el brazo rotatorio perforaba las entrañas de varios acoísa, uno detrás de otro, amontonándolos en su brazo como si de un palo a la brasa se tratara; e incluso también había oído hablar de compartimentos secretos a lo largo de todo el armazón, por los que lanzaban púas envenenadas. Oras no dudaba de la veracidad de aquellas historias, pues él mismo vio con sus propios ojos cómo, a unas pocas calles de su chabola, agarraban con un solo brazo Morym a un acoísa adulto, y le apretaban el torso hasta que le crujían las costillas. Nunca olvidaría cómo se desplomaba el cuerpo deformado e inerte en el suelo polvoriento; y el sonido seco que produjo al impactar y que se clavó en sus oídos de forma permanente. Desde entonces su nuevo inquilino no cesó de sorprenderle por las noches, cuando se encaprichaba con torturarle entre sueños.
La ladera de la montaña estaba repleta de árboles que tapaban el sendero hacia la cueva, pero no pretendían coger el camino común, sino entrar por un túnel estrecho, escondido entre piedras y ubicado en el borde de un despeñadero al este del cerro, unos pocos metros más abajo de la cueva, pero envuelto por la maleza del bosque, oculto a los ojos de cualquier centinela. Antes de dejar la chabola, su madre y sus hermanos le habían explicado y obligado a memorizar todos los pasos que tendría que hacer una vez pisada la montaña. Porque ahí los oídos eran muy agudos, y los ojos muy sagaces, y una simple palabra hubiera bastado para exponerse a los centinelas.
Cuando se mezclaron entre los árboles, se tendieron en el suelo para esconderse entre los arbustos. Tobi iba delante, marcando el camino, y Oras debía seguir su ritmo y repetir los movimientos como si fuera el espejo de su hermano mayor, ya que el bosque entero estaba infestado de trampas que se activaban al ser pisadas. A veces le resultaba difícil seguir los movimientos de Tobi, especialmente cuando se introducían en matorrales y su hermano se le escondía entre tanto matojo. Tenía miedo de dar un paso en falso, pero no podía desconcentrarse, ni tampoco dar marcha atrás: una vez se estaba dentro de la montaña, no seguir el camino dictaminado era sinónimo de muerte. Muchos acoísas habían sido alcanzados por las trampas al desviarse del camino hacia el túnel, o al intentar volver tras un impulso de cobardía.
En un momento dado, Tobi se detuvo bruscamente y se pegó contra el suelo, Oras le imitó en acto reflejo. El poco tiempo que permanecieron tendidos a Oras le pareció una eternidad. Oía cómo los latidos de su corazón palpitaban fuertemente en su pecho, tan fuertes, que creía que los podía oír hasta su hermano. Suplicaba que pararan, que todo él quedara en silencio, pero su corazón seguía retumbando. De repente, el suelo vibró, como si unas ruedas se estuvieran dirigiendo hacia ellos. Quiso mirar a Tobi para ver cómo reaccionaba, pero el miedo le paralizó. Y entonces apareció, claramente ante sus ojos, a unos pocos metros de donde ellos se escondían, una máquina Morym patrullando. Los latidos cesaron instantáneamente, la respiración se le cortó, y sus ojos dejaron de parpadear. Sus sentidos estaban absortos ante la presencia de la máquina, el único instinto que brotaba en sus entrañas era vigilar sus pasos, aguardar a que se acercara lo suficiente como para descubrirles y salir corriendo. Sólo veía esa salida, era consciente de lo imprudente y arriesgada que resultaba su idea, pero no se le ocurría qué otra cosa hacer, y, aunque su hermano estaba a escasos centímetros de él, no podía preguntarle por un plan, ni si quiera podía mirarle por si le mandaba alguna orden por señas. Pero la máquina desapareció de su vista, y al poco rato el suelo dejó de vibrar. Había seguido su trayecto sin hallarles.
Oras sintió cómo su cuerpo se desplomaba. Flácido ante el terreno, creía hundirse en una tierra seca y dura. Los nervios le habían gastado todas las energías, y ahora estaba agotado y con las extremidades doloridas. Aún así, cuando sintió que su hermano reanudaba la marcha, inconscientemente siguió sus pasos, en un estado de letargo emocional. Tuvo que pasar un tiempo hasta que Oras volviera en sí y fuera dueño de sus movimientos, hasta entonces autómatas.
Por fin dejaron la vegetación atrás y de nuevo podía observar a Tobi perfectamente. Aquello le tranquilizó un poco, aunque era consciente de que el siguiente tramo era peligroso, debido al riesgo que corrían de ser descubiertos por un centinela que rondara por sus cercanías. Bajo ningún concepto podían alzar sus cuerpos, y además, debían mancharse con el polvo de la tierra para pasar lo más desapercibido posible. Tobi rodó por el suelo para cubrirse de polvo, y acto seguido Oras le imitó. Una vez bien empolvados, continuaron su marcha hacia el despeñadero. En seguida que dejaron los árboles atrás y avanzaron un poco, se encontraron con una pared pedregosa que debían escalar hasta llegar a un pequeño sendero, mal adaptado al tránsito, lleno de piedras resbaladizas y calles estrechas por las que uno se podía caer, pero perfecto para esconderse de los ojos vigilantes de las Morym. La pared le resultó un poco difícil, ya que sus garras no estaban acostumbradas a clavarse en la roca, y no conseguía manejarse con la misma destreza que Tobi, aún así consiguió alcanzar el sendero sin ningún percance, aunque una vez en éste no pudo evitar vacilar al obrar en algún que otro gesto. La visión del precipicio le provocaba vértigo, y la imposibilidad de agarrarse firmemente a ningún sustento tampoco ayudaba. Sin embargo, siguió lo mejor que pudo cada paso que su hermano dio, y así pudo llegar sano y salvo al túnel.
Se trataba de un agujero no mucho más ancho que un cuerpo, tapado por unas cuantas piedras que Tobi quitó y dejó en sitios específicos. Podían actuar tranquilamente porque una roca llena de malas hierbas se alzaba en la punta del despeñadero, tapando todo lo que ocurría detrás. Tobi se introdujo en el túnel y Oras le siguió. Como ya le habían explicado, debido a que el túnel era tan estrecho que no se podía girar, con sus garras traseras debería recoger las piedras quitadas y volver a tapar el túnel antes de continuar. Las dispuso torpemente por la falta de práctica y, además, porque todavía no había desarrollado la memoria física que, como le habían asegurado que ocurriría, en el futuro le guiaría a la posición exacta de cada piedra, tras haber realizado el recorrido varias veces. Cuando tapó por fin el hueco, se quedaron en penumbra. Por suerte para un acoísa, se desenvolvían perfectamente en la oscuridad; de otro modo no habrían podido utilizar aquel pasadizo, ya que las antorchas tarde o temprano les habrían delatado.
Oras miraba a su hermano Tobi, que ya era casi tan grande como su padre, cómo rozaba con las paredes húmedas y frías al deslizarse por el túnel, y para colmo en pleno verano, con el pelaje cortado incapaz de resguardarle de la humedad. Pensó que, para su hermano, aquel túnel debería de ser muy incómodo, al igual que el paso por el bosque o el sendero pedregoso podrían haber acabado en tragedia; y aún así, Tobi había accedido a acompañarle al Vertedero para enseñarle el camino y las pautas a seguir. Se sintió agradecido, y se prometió que cuando pudieran hablar de nuevo, le agradecería el esfuerzo que estaba haciendo por él.
Al llegar al final del corredor, una pequeña luz entraba por un agujero. Por él se vigilaba el exterior que daba al sendero principal, por el que se transportaban los desperdicios hacia el Vertedero. El túnel se encontraba casi rozando el techo de la cueva, de modo que resultaba fácil reconocer tanto si alguien se acercaba como si se estaba alejando. Pero si había luz, quería decir que había movimiento, conque Tobi ni se esforzó en mirar. Además, se oía el caminar de los acoísas y la fricción ensordecedora que hacían los mecanismos de las máquinas Morym al desplazarse.
Se quedaron quietos en el pasadizo, a esperas de que el grupo pasara y se alejara, cuando un altercado se produjo entre los acoísas viandantes. Los hermanos pudieron oír perfectamente cómo un acoísa agonizaba, y su compañero le suplicaba que continuara.
- Airtz, ¡Airtz! Aguanta, aguanta, no puedes caerte, aquí no ¡Airtz! - Murmuraba el compañero, mientras avanzaba y veía cómo el otro se quedaba atrás, incapaz de seguir el paso de la fila.
El hombre estaba enfermo y agonizando, no paraba de gemir y balbucear palabras incomprensibles, su cuerpo temblaba y no prácticamente no se mantenía en pie. Tropezó varias veces, e incluso sufrió varios amagos de desmayo antes de que se desplomara definitivamente. El grupo que les seguía detrás le pisó sin titubear, una fila tras otra. Si hubieran dudado en seguir hacia delante o intentar esquivarle si quiera, habrían tenido las misma suerte que aquel moribundo. Una máquina se percató del desplomado y cambió el rumbo en dirección hacia éste. Le agarró por el torso con las garras, las apretó aplastándole las costillas como si de un huevo se tratara, el esclavo soltó un alarido agonizante que retumbó en todas las paredes, provocando un eco que perduró durante varios segundos después de que el acoísa muriese en sus garras, e incluso a continuación de que ésta lo tirase al contenedor donde llevaban al resto de cadáveres.
Oras estaba pálido, la cola se le había escondido entre las piernas. Sabía perfectamente lo que había ocurrido aunque no lo hubiera visto. Había reconocido inmediatamente el ruido del crujido de las costillas, idéntico al del hombre que vio morir tiempo atrás de la misma manera. Transcurrieron pocos minutos desde aquel suceso hasta que el grupo desapareciese por completo. Miraba aterrorizado a su hermano, que se mantenía en su posición, dejando un tiempo de seguridad antes de continuar. No podía parar de preguntarse por qué tenían que ir a un lugar tan peligroso para hacer un simple remiendo de redes. Su mente empezaba a delirar, la ansiedad se apoderó de él, no era capaz de recapacitar sensatamente. Las piedras salientes que le rodeaban se transformaban en elementos monstruosos ansiosos por atacarle, y cada uno de ellos le alejaba más de la realidad, hasta que finalmente entró en estado de shock.
A la derecha de Tobi había una rendija estrecha, por donde tenían que meterse de espaldas para agarrarse a la pared y bajar así a un pequeño cubículo triangular, el cual daba a una hendidura que se encontraba en el lateral derecho del sendero principal. Cuando su hermano se puso en marcha, Oras ni se inmutó, el miedo que le gobernaba era más potente que sus impulsos instintivos. Hasta que no tocó el piso inferior, Tobi no se dio cuenta de que Oras no le seguía. La furia le poseyó y escaló a brincos hacia el conducto, como si fuera una bestia rabiosa corriendo en una explanada, pero silenciosa, sin olvidar nunca dónde se encontraba. Agarró por el brazo a Oras y le arrastró a empujones hasta ponerle la garra en el borde de la rendija. Cada uno se encontraba a un lado del agujero, Oras le miraba horrorizado, todo su cuerpo temblaba, y le suplicaba que no con la cabeza. Su mirada expresaba terror e impotencia, decía claramente que no tenía agallas para continuar. La cara de Tobi se suavizó, ya no miraba a su hermano con rabia, sino comprensivamente, al fin y al cabo era su hermano pequeño e iba por primera vez al Vertedero, no podía exigirle que desde el principio mostrara firmeza ante cualquier atrocidad. Se decantó por estrecharle fuertemente la garra, al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa. Oras entendió perfectamente las palabras que implicaban aquel gesto: "todo irá bien, yo estaré contigo todo el rato". Aunque vaciló, en el último momento accedió a seguir, y, acompañado de su hermano mayor, bajó la pared hasta el cubículo, si bien de manera un poco atrofiada por la debilidad de sus extremidades, que se manifestaban todavía endebles por los temblores.
Cuando tocó el suelo, lo notó frío y húmedo, relajándole un poco la planta de sus garras inferiores. Su hermano le removió el pelo de la cabeza en símbolo de simpatía, y seguidamente le empujó hacia el muro que daba al sendero principal. Ahí había un pequeño agujero, parecido al que se encontraba en el túnel que acababan de abandonar. Tenía que volver a dar una ojeada por él, y asegurarse que el camino siguiera libre de cualquier transeúnte. Primero miró de frente, y sólo vio una pared embarrada y grisácea que brillaba por el agua que la empapaba, pero aparte de eso, no atisbaba nada más, ni tampoco oía nada. Luego miró a la izquierda, y observó que la visión del camino se perdía en una curva a la derecha, lo que le creó cierta inseguridad, y aunque no paraba de repetirse "Este camino lleva mucho tiempo haciéndose por mis antepasados, Tobi lo ha hecho muchas veces, al igual que Minaga. Si todavía pueden seguir haciéndolo es porque es seguro", no acababan de convencerle sus propias palabras. Por último echó un vistazo a la derecha, y reparó en que el camino se volvía a perder en un giro a la izquierda. “¿Será a propósito?” se preguntaba “¿Será mejor salir entre dos curvas que por un lugar recto?” No lo entendía, pero algo le decía que no podía ser fruto de la casualidad, incluso lo consideró una oportunidad de aferrarse a una hipótesis lo suficientemente factible como para no titubear después. Con la cara más relajada, Oras se dio media vuelta, y negó a su hermano con la cabeza que hubiera moros en la costa. En frente de Tobi había una puerta de madera, con un gancho muy largo como cerrojo y hecho artesanalmente a base de aluminio, el mismo material del que estaban hechas las chabolas. El hermano lo abrió, y ambos salieron del escondite.
Como el gancho era tan largo, Tobi pudo cerrar la puerta desde fuera, y empujarla para que no se quedara entornada. Cuando la cerró, quedó escondida tras una capa de barro que cubría la placa de madera, haciéndola parecer una mera extensión del muro terroso. Después se acercaron a la esquina colindante al sendero, sacaron la cabeza y volvieron a asegurarse que todo siguiera igual de tranquilo. Oras miró al techo, repleto de estalactitas y banderolas de todos los tamaños, algunas tan puntiagudas como sus colmillos, y otras tan gordas como sus piernas. El agua goteaba de muchas de las puntas de éstas, y el brillo de su humedad era todavía más intenso que el de las paredes. Sabía que tenían que escalar hasta alcanzarlas y cruzar por ellas hasta una cornisa que había al otro lado. Debían llegar a ella desde arriba porque, si cruzaban a pie, las huellas acabarían delatando que existía un camino secreto hacia el Vertedero, y no sólo eso, sino que también se descubriría la pequeña ciudad escondida en Tólu Éhade.
Tobi subió y se enganchó con las garras superiores a una estalactita. Oras debía quedarse a la misma altura que Tobi, pero clavado en el muro, para observar cómo cruzaba su hermano hasta la cornisa. Usaba tanto sus garras superiores como las inferiores. Primero se lanzaba con las inferiores, y una vez enganchado, se agarraba con las superiores y volvía a repetir los pasos. Pero para poder entrar directo en la cornisa, una vez enganchado con las garras superiores en el penúltimo cono, tuvo que dar toda la vuelta hasta quedarse de espaldas al último, agarrarse de nuevo con las inferiores y lanzarse. A continuación clavaba las cuatro garras, quedándose bocabajo, volvía a dar la vuelta hasta quedar de espaldas esta vez contra la cornisa, soltaba las garras superiores, se alzaba encogiendo todo su cuerpo contra las garras superiores y cogía impulso para entrar directo en la concavidad. Antes de repetir la hazaña de Tobi, Oras se aseguró de que el paso siguiera libre de peligro. Y cuando su hermano le hizo la señal, éste imitó cada salto que dio el hermano mayor.
Una vez tendidos en la cornisa, ambos acoísas se pegaron lo máximo que pudieron al suelo y se deslizaron tan silenciosamente como les fue posible. Sabían que en breve volvería el grupo que habían visto antes dirigirse al Vertedero, pues debían recorrer un largo trecho antes de encontrar el hoyo por el que saltarían a otra sala, esta vez a la izquierda del sendero. Mientras se desplazaban, Oras no quitaba ojo a la forma cóncava de la cornisa, que estaba cubierta por pequeñas estalactitas, estalagmitas e incluso por antiestalagmitas que les ayudaban a pasar desapercibidos, aunque les obligaba también a alejarse del borde para no salir malheridos. Jamás había visto algo semejante, tan grotesco a la par que maravilloso. Había hilos que caían del techo, finos como un mechón de pelo; y conos gruesos cuyo cuerpo se deformaba a base de burbujas que embrutecían la moldura progresiva del goteo del agua; otros, en cambio, parecían meros cuchillos de hielo aunque débiles y quebradizos al tacto; también había bordes, refulgentes ante la luz, que se asemejaban a flores grisáceas; otros parecían colmillos desvirtuados, otros incluso falos empalmados,…; había un sinfín de reproducciones posibles en ese escenario espeleo-gráfico.
Oras estaba deslumbrado por la magnificencia del poder de los señores de la tierra, los eliceas, una raza capacitada para crear panoramas tan extraordinarios. Sin embargo, se le hervía la sangre al recordar que aquellos seres mágicos eran los mismos que se encerraban en las máquinas Morym para aterrorizarles cada día. Mientras meditaba sobre todas esas cuestiones, el grupo de esclavos apareció de nuevo a paso remiso por su lado, Tobi se paralizó en el fondo del suelo y Oras reaccionó con el corazón en la boca, como si le hubieran despertado bruscamente de un plácido sueño. Más o menos podía mirar entre los huecos que se extendían por la cornisa. Destacaban las dos máquinas Morym que había por cada cincuenta acoísas, una lideraba el frente y la otra permanecía en la retaguardia. En total vieron cinco grupos. Cada uno trasladaba dos contenedores que podrían cargar perfectamente hasta quince toneladas, aunque entonces estaban todos vacíos, puesto que regresaban del Vertedero. Muchos de los esclavos se encontraban en estado crítico, las costillas apretaban tanto sus pellejos, que algunos incluso tenían heridas por la perforación que sus huesos les hacían sobre la piel. Encima las moscas se rifaban cada llaga infectada, usándola de nido para sus larvas. Oras tuvo que tragarse su propio vómito para no arrojarlo encima de un acoísa que pasaba por debajo suyo, cuya oreja derecha estaba podrida y apestada de gusanos. Fue tal la repugnancia que sintió, que decidió cerrar los ojos y no abrirlos hasta que se hubieran esfumado todos.
Hasta que no notó que el lugar era libre de la luz de las antorchas y que su cuerpo dejaba de vibrar a causa de las pisadas de los acoísas y las máquinas, no abrió los ojos. Y cuando por fin se decidió a abrirlos, lo hizo lentamente, con miedo por lo que se podía encontrar. Un suspiro de satisfacción se escapó de su boca al comprobar que la cueva volvía a estar en calma absoluta. Halló a Tobi con la cabeza girada, cerciorando que volvía a ser seguro el camino. Un segundo después, con la mirada todavía hacia sus espaldas, su hermano le hacía un gesto con el brazo derecho para reanudar la marcha.
Cuanto más cerca se encontraban del hoyo, más se impacientaba Oras. Estaba harto de todo el itinerario, quería desaparecer ya del sendero, de las máquinas Morym, y de los acoísas agónicos que le iban a atormentar a partir de esa noche. No aguantaba más, estaba cansado de tanto estrés, tanto pánico, tantos riesgos innecesarios por una mísera red de pesca. De repente miró al frente resignado a seguir los pasos de Tobi, pero éste había desaparecido, se había inmerso tanto en sus maldiciones, que no había reparado que ya habían llegado al agujero. Reptó un par de veces con la ayuda de sus brazos y apareció por fin el ansiado hoyo. Se tiró sin contemplaciones, tan incautamente que ni se percató de que iba directo a desplomarse sobre su hermano, quien se desplomó en el suelo al instante. Oras se apartó de la espalda de su hermano en cuanto reaccionó. Tobi seguía tendido en el suelo, moviendo su cuerpo torpemente, no gemía, pero el pequeño podía advertir cómo padecía por el dolor. Al final consiguió colocarse a cuatro patas, con la cabeza tendida mirando hacia sus rodillas, se le veía todavía un poco mareado. Agitó la cabeza para despejarse, se elevó tambaleándose a la vez que se apoyaba en sus piernas, cogió aire y se irguió. Tobi estaba de perfil a Oras, el hermano pequeño temía que el mayor le zurrara tan fuerte que le inflara las encías. Estaba temblando de miedo, apoyado contra la pared, a esperas de las represalias. Pero su pronóstico no se cumplió. En cambio, Tobi se limitó a mirarle fijamente, desafiante, muy serio, sin necesidad de enseñar los dientes, pues sus ojos amenazaban como si le clavara directamente los colmillos. Era la primera vez que veía esa expresión en su hermano, y le daba escalofríos, habría preferido que le abofeteara a aquella mirada, porque al menos sabría qué le aguardaba.
Justo en el instante en que Oras pretendía musitar entre tartamudeos unas palabras, Tobi le dio la espalda, ignorándole conscientemente, y prosiguió el camino. Oras ni siquiera intentó frenarle para pedirle disculpas, estaba aterrado al imaginarse qué se le pasaría por la mente en ese preciso momento.
La pequeña sala donde habían caído, no se diferenciaba del sendero que acababan de abandonar. Era un poco más pequeña que su chabola, pero perfectamente podrían existir otras en los suburbios de aquel tamaño. En el extremo derecho, había un arco tan grande como una puerta, por el que entraba una tímida luz, de un color grisáceo, como el resto de la cueva. Cuando se acercó al arco, sus ojos brillaban del asombro. Se acababa de topar con una obra de arte sin igual. Le habían hablado muchas veces de los gours, pero jamás se los había imaginado tan majestuosos. Muchas veces le habían contado historias de los castillos de sus antepasados, de la magnificencia de sus construcciones, y se dijo que debía hallarse en las reliquias de lo que una vez fue uno de ellos. Los gours eran unas piscinas divididas por anguladas vallas naturales de piedra, que se distribuían heterogéneamente a lo largo de todo el recinto, y a distintos niveles. Además, el techo del recinto daba justo al risco que vio antes de entrar en las cuevas, y su superficie entera albergaba pequeñas aberturas por donde se escabullían centenares de diminutos rayos de luz, consiguiendo un efecto visual extraordinario. Unas columnas tan gordas como troncos centenarios colgaban de varios recovecos del techo, y eran tan deformes como la espuma de un enfermo. Decenas de colmillos gigantescos se extendían por toda la sala, tanto por las alturas como sobresaliendo de los gours. Era una imagen monstruosamente maravillosa. Oras se había enamorado de aquel lugar, quería bañarse y escabullirse entre aquellas enormes estructuras, pero Tobi no cesó ni un instante, y aquel sueño quedó rezagado a esperas de ser retomado de nuevo.
Al abandonar los gours entraron en un laberinto de senderos, indistinguibles los unos de los otros, todos igual de oscuros, con las paredes grises y húmedas. Algunos con más estalactitas, otros repletos de excéntricas que parecían copos de nieve congelados, otros con algún que otro pequeño gour, otros con pisolitas como canicas, pero ningún sendero sobresalía del resto. El único modo de guiarse en aquel laberinto eran las pequeñas marcas que sus antepasados habían marcado con una x rodeada en las paredes que seguían el destino correcto. El trayecto resultaba eterno para las piernas de Oras, al fin y al cabo sólo media un nudo de Artenol, y había perdido la cuenta del tiempo que llevaban caminando en el laberinto, al final no distinguía ni el cambio de una sala a otra, le parecía cruzar siempre por el mismo lugar. De repente su hermano se paró, tapando lo que había delante, se apartó a la derecha y le invitó a mirar. Era el último tramo antes de llegar al Vertedero. Oras lo reconoció enseguida “Cuando por fin llegues a la hilera de piedras, donde no cabe la garra entera, estarás al final del camino, a unos pocos nudos del Vertedero de Tólu Éhade”, así se lo había descrito su hermana Minaga, y exactamente así lo encontró. El sendero terminaba en un precipicio cuyo fondo no se conseguía ver.. Miles de soles atrás, un pequeño puente cruzaba el abismo hasta una entrada secundaria del vertedero, cuando todavía no se usaba como tal. El único resquicio que permanecía de ese puente era la pequeña hilera pedregosa, pegada a la pared derecha, por la que debían cruzar.
Le habían advertido que, ante todo, no mirara nunca el abismo mientras estuviera pendiendo de la fina línea de piedras. Tenía su espalda empotrada contra el muro, tan húmedo y frío como todos los demás. No se atrevía a dejar ni un hueco de aire entre éste y su cuerpo. Cada vez que adelantaba una garra, debía asegurarse que la superficie donde la apoyara era lo suficientemente ancha como para poder mantener el equilibrio. Las gotas de sudor manaban por todos sus poros, la pared húmeda se sentía más viscosa según iba avanzando, y le costaba pegarse a ella. No había sentido tanto miedo desde que se toparon con la máquina Morym patrullando, un paso en falso, y caería por el precipicio sin salida alguna. El temblor se estaba apoderando de nuevo de sus brazos y piernas…, cuando lo oyó. El sonido era muy tenue, pero se entendía perfectamente. El ajetreo de una ciudad en plena ebullición: el barullo del gentío, el sonido de los utensilios, maquinaria activa... Y entonces lo vio, la luz emergente desde el muro enfrentado, donde se divisaba la entrada secundaria. Todavía no alcanzaba a ver los secretos que se escondían tras ella, pero ya no podía esperar más, después de toda aquella agonía iba a conocer por fin la ciudad secreta de Tólu Éhade. Aceleró todo lo que la hilera le permitió, y saltó ansioso hacia la luz cegadora que escondía el mayor tesoro de Saeria.