**Genia: elemento compositivo que significa “origen”, “principio de algo”.**

**Genia: elemento compositivo que significa “origen”, “principio de algo”.**

jueves, 29 de septiembre de 2011

5. EL VERTEDERO DE TÓLU ÉHADE

El hedor de cadáveres en descomposición se le pegaba a la piel y a las fosas nasales. Fuera a donde fuera, arrastraba la peste con él: nada más irrumpir en los dominios del Vertedero de Tólu Éhade, una montaña de cuerpos putrefactos les dio la bienvenida. Era la primera vez que Oras visitaba el Vertedero, y en los suburbios jamás había conocido un olor tan nauseabundo, ni había visto nada parecido a un monumento de cadáveres fétidos. Por mucho que el hacinamiento copioso de los muertos escondiera, en su mayor parte, los detalles macabros de la putrefacción; eran muchas caras descompuestas, ojos sobresalidos o reventados, cabezas despellejadas que revelaban el cráneo, o entrañas descolgadas de los torsos los que se colaban por su mirada esquiva. Para él supuso un impacto agónico tan fuerte, que le obligó a alejarse corriendo de su hermano para vomitar en el primer lugar en el que pudo caerse.

El Vertedero era una cueva de enormes dimensiones, y aún así su clima distaba del que compartían el resto de los lugares recónditos de la caverna. Hacía un calor inaguantable, y la elevada humedad de las paredes arrancaba chorretones de sudor de su piel. El poco pelo que le habían dejado tras raparle hacía unos pocos días, no le resguardaba de la pegajosidad del ambiente. “Ojalá me hubieran mandado aquí antes y no con la entrada del verano, ¡Hace un calor de mil lagos de lava!” Se quejaba Oras. La cueva se encontraba prácticamente a oscuras, a excepción de unas pocas luces que producían las llamas de algunas hogueras dispersas por la zona sur. Un sendero embarrado dividía el recinto en dos secciones. En la parte derecha se levantaba el auténtico vertedero, colmado de cadáveres de acoísas, roedores, pescado y restos de comida podridos, utensilios y herramientas rotas, chapas de metal oxidadas, y una infinidad de artilugios y chatarra inútiles al juicio de Oras. A mano izquierda, no obstante, se presentaba un panorama muy diferente: decenas de puestos artesanales se esparcían indiscriminadamente y sin orden alguno. En todos se podía contar entre uno a tres acoísas obrando distintos artefactos. Muchos de ellos eran tan jóvenes como él, y otros tantos había que rondaban la edad de Tobi. De todos modos, esos sumaban como mucho una tercera parte del total: la mayoría eran ancianos, muy ancianos, tan viejos que el crío no lo creía posible. En los suburbios, escaseaban los mayores que sobrepasaban los treinta soles rojos, y estos abuelos centrados en sus oficios, debían de tener por lo menos el doble, según el exagerado criterio de Oras. Sus pelajes eran cenicientos, y los habían dejado crecer aun siendo verano. En vez de las pieles típicas de Acoba que se limitaban a tapar la zona vulnerable debajo del vientre; los ancianos cubrían todo su cuerpo con una tela negruzca de un material desconocido para el chico, y que sólo dejaba ver la cara y las garras superiores.

Los espacios de trabajo eran todos similares: se componían de dos bidones deformados de metal oxidado, o de piedras agrupadas que elevaban un pequeño muro. Sobre ambas configuraciones se apoyaban varias chapas de metal, unidas por clavos y nudos de alambre rudimentarios. El primer puesto que Oras vio tras dejar a su espalda, enfermo, la fosa común, se dedicaba a la fabricación de artilugios comunes para la construcción y reparación de chabolas: debajo de su precaria mesa había siete cuencos, el primero estaba lleno de  clavos de un metal ennegrecido por el uso y el tiempo, al segundo le salía una barriga de ganchos hechos del mismo material que los clavos, en el tercero había unas cuantas barrenas, cuyo mango era de piedra y el taladro de metal viejo, en muchos casos negruzco y en otros rojizo a causa del óxido, pero todos con el mismo diámetro; otro cuenco estaba a rebosar de escarpias, que resultaban muy parecidas a los ganchos, pero sin el doble giro de la punta;  en otro había unos pocos punzones, muy parecidos a las barrenas, pero sin la pieza de manguitos acoplada para girar, y sin que la perforadora estuviera cincelada para taladrar. También había un cuenco con varillas y otro con arandelas. Sobre aquella mesa enchapada, dos acoísas trabajaban en la elaboración de unos punzones. El primero debía de ser un poco mayor que Oras, y se le notaba torpe e inseguro manejando el cincel, pero el segundo era un anciano, claramente veterano en su trabajo: la destreza de sus gestos era innegable, y mientras la pobre cría luchaba con la piedra para esculpir un mango, el maestro devastaba la suya como si se tratara de simple arcilla moldeable. Detrás de ellos tenían un pequeño brocal redondo construido a base de piedras. En su borde se repartían rectangularmente varios pedruscos sueltos y quemados, que reducían la boca del hoyo, de manera que se podía apoyar una olla con sus mangos, sin que ésta tocara el suelo donde ardía la hoguera. Era un pequeño horno de fundición, que en aquel instante estaba apagado. La olla, negra como el carbón, descansaba sobre las piedras, y en su interior, una fina capa plateada de aluminio enfriado se extendía por el fondo. Y en el suelo se esparcían docenas de cajas metálicas donde hacían los moldes. Todas estaban manchadas de arena, y algunas tenían los bordes ennegrecidos por el contacto con el metal derretido.

Oras se sentía mareado por el trauma, que le había dejado el cuerpo entumecido y nauseoso. La cabeza le daba vueltas, y un sudor frío le congelaba los huesos aun estando a temperaturas tan altas. El ruido ensordecedor y continuo de las herramientas, del choque de metales, del serrado de pieles y de la escultura de la piedra, entre otros tantos sonidos distintos, aturdía y enfermaba a la criatura. Necesitaba sentarse un rato y respirar sosegadamente. Se estaba desquiciando, pero justo cuando se disponía a agacharse, su hermano le dio un ligero toque en el hombro a la vez que le decía “Venga va, que todavía tenemos que volver y mamá nos estirará de las orejas si tardamos demasiado”. Oras se recompuso a regañadientes e intentó seguir las zancadas de su hermano mayor, pese a que se balanceaba entre los puestos, y a que debía concentrar todas sus fuerzas para no vomitar sobre ninguno. La combinación del olor a metales al rojo vivo y el de los cueros en orín y excrementos, con el olor que acarreaba de los cadáveres, le revolvía el estómago.

Bajo su abatido estado, le era difícil distinguir las diferentes artesanías con las que se iba cruzando, pero, pese a eso, llegó a reconocer los bancos de herreros y fundidores que se repetían ahí donde iba, incluso vio varios sitios de curtidores, cuchilleros, tejedores y un par de mesas donde confeccionaban pergaminos con pieles muy finas. El trajín bullía en todas los talleres, y por eso en ocasiones rodearlos se convertía en toda una proeza. Pero Tobi parecía conocerse el lugar como los pelos de sus garras, y siempre se las apañaba para esquivar al gentío. Oras, por el contrario, se perdió varias veces por culpa de los obstáculos que le dejaban atrás. Cada tantos pasos, su hermano tenía que retroceder para buscarle, y a la quinta vez, la paciencia de Tobi se le había agotado, y no le quedó más opción que agarrar el brazo del pequeño y arrastrarlo por la multitud, aunque aquello conllevara que se golpeara con todo lo que se cruzaba por su camino. Por cada taller que intentaba esquivar, una nueva traba, ruido, o acoísa le distraía; y con tanto ajetreo, Oras no había caído en la cuenta de las condiciones en las que se encontraba el suelo bajo sus garras. En los suburbios donde él vivía, toda la porquería iba a parar a sus terrosas y mugrientas calles: excrementos, basura, vómitos, sangre… cualquier cosa que no se quisiera dentro de los hogares. Si bien disponían de letrinas comunes que la mayoría tenía la consideración de usar, muchos pasaban por alto sus instalaciones y convertían los descampados en los suyos personales, expandiendo el tufo por todas las calles y, por si fuera poco, como se quejaba siempre su madre, cuando llovía, toda la mierda aglutinada se derretía y caía arroyo abajo, hacia las calles de Acoba. Estaba acostumbrado a esa suciedad, ya que había crecido en las calles jugando con otros chicos del vecindario, y muchas veces había acabado restregándose por los suelos, junto a las raspas de pescado y los cadáveres de los roedores aplastados; de modo que la suciedad de las calles no le generaba la repugnancia que le daba a su madre. En cambio, el suelo de los obradores estaba viscoso por culpa de la grasa y los aceites que se utilizaban en la manipulación de los metales. Asimismo, un extraño polvo blanquecino se veía por los laterales de muchas mesas, y la orina y excrementos derrochados empantanaban los alrededores de los talleres de curtido. Según le había inculcado su madre a lo largo de los años, tal comportamiento demostraba un auténtico desprecio hacia las libertades y el bienestar del vecino, y nunca se debía olvidar de ser respetuoso con los demás, por mucho que cuatro despreciables utilizaran las calles como retretes.

Por algún extraño motivo, aquel espectáculo le recordaba a las letrinas domésticas. Ya que en la mayoría de las chabolas se disponía de un hoyo casero, que se solía cavar en la esquina más alejada de la entrada o del hornillo, y el cual desempeñaba el papel de letrina de urgencias durante el toque de queda. Al día siguiente, dependiendo de la familia, podían ocurrir varias cosas: una opción muy común en los suburbios era limpiar los excrementos una vez cada varios días; aunque también había familias que lo vaciaban todos los días; pero, de todos modos, a menudo los desechos acababan en los descampados o directamente en la calle, en vez de ser tirados a las letrinas comunes. En su casa, Oras era el encargado de limpiar el urinario todas las mañanas y tirarlo a los comunes. Y más le valía no rezagarse ningún día, porque tenía prohibido probar bocado alguno hasta que hubiera terminado con la letrina. Quizá por eso mismo, el hecho de ver cómo convivían aquellos ancianos con sus propios excrementos malolientes, que se iban acumulando sin ser recogidos hasta convertirse en una masa reseca, o por el contario, en aguas fecales, no le entraba en la cabeza.

Y ahí seguía Oras inmerso en sus pensamientos, cuando de repente, una anciana le sorprendió por el camino. De la brusquedad del impacto, su hermano no pudo seguir agarrándole, y el tumulto del lugar acabó por separarles. Aquella anciana tuvo que ser de la altura de Tobi, pero como tenía la espalda encorvada, en esos momentos era algo más bajita que él. Tenía el rostro picado por las secuelas de alguna enfermedad, y su ojo izquierdo debía de estar muerto, porque una capa blanquecina tapaba el iris ovalado, y aparte miraba hacia el vacío. Con sus manos temblorosas, la abuela agarraba un plato abollado que contenía algunas migas de grasa. No eran las típicas que se comían en casa de Oras, pero aún así ya había tenido la oportunidad de probarlas anteriormente: eran bolas del tamaño de una canica, verdosas y gelatinosas, y en su interior se distinguían pequeños tropezones grumosos de carne y hierbas molidas.  Cuando su padre volvía de la fábrica una vez cada veinte días, sus hermanos traían del Vertedero un saquito con algunas de estas migas para celebrarlo. Estaban hechas con grasa, pieles de pescado y hierbas aromáticas. Un sabroso manjar para el paladar. Se le hacía la boca agua de recordar el sabor, y el propio estómago parecía que estuviera preparando una fiesta, de lo alegre que se ponía por aquel hallazgo. Goloso, estiró el brazo para coger una bola, pero la dueña del suculento tentempié le propinó una bofetada en el dorso de la garra. “Serás caradura” le regañó la anciana. Oras se le quedó mirando boquiabierto, con cara de bobalicón. No se había esperado tal respuesta. Pero antes de que tuviera tiempo de reaccionar, algo le estiraba del brazo a golpes entre la gente.

No distinguía nada de lo chocaba con su espalda. Intentaba mirar a los lados con la esperanza  de encontrar a su hermano tirándole del brazo, pero con tanto alboroto no era capaz de darse la vuelta. Y justo en un momento en el que seguía insistiendo con retorcerse y cambiar de sentido, el brazo le agarró del hombro, y de una fuerte sacudida le arrastró al costado de Tobi. Su hermano ni siquiera le prestaba atención. Su mirada se dirigía constantemente al viejo que se encontraba sentado sobre un tonel, detrás de la mesa del taller enfrente de ellos. Era un acoísa que aparentaba ser muy mayor, al igual que el resto de los ancianos. La piel de su cara estaba blanquecina y arrugada, como sus garras. Entre sus dos gigantescos colmillos amarillentos y carcomidos que le sobrepasaban la barbilla, mascaba una hierba seca, de color verdoso, de la que brotaban unas diminutas florecillas blancas que crujían al masticarlas. Llevaba puesto el capuchón negro que le colgaba hasta el suelo. A través de las mangas caídas se mostraban sus brazos, que tenían incluso más pelo que lo que hubiese tenido Oras en invierno jamás. Era un pelo blanco, largo y espeso, estaba tan desenmarañado como el del niño, pero en cambio, se veía fuerte y sano, y no áspero y fino como el de Oras. Las uñas, en cambio, las tenía rotas, prácticamente no estaban afiladas, y muchas de ellas se le habían astillado. Oras se preguntaba si estarían a punto de nacerle las nuevas uñas, o es que era tan viejo que ya no le crecían más.

Su puesto era un pequeño taller de costura, por lo que dedujo que por fin habían encontrado a Aifghar el tejedor, a quien su madre les había mandado a buscar. Sobre su mesa, una lata oxidada guardaba varias agujas de distintos diámetros y longitudes, así como un par de tenazas. En un borde alejado del obrador, se tendía un telar precario formado con palos de madera deteriorados y mohosos, en los que se estiraban largos pelos. Detrás de Aifghar había un tonel lleno de redes de pesca enredadas, y otro con sacos de un color arcilloso, algunos estaban enteros, otros deshilachados porque usaba sus hilos para tejer las redes de pesca, pero en todos se podía leer las palabras “Cultivos de Saeria”. Entre las manos del anciano, una pequeña malla de alambre iba siendo moldeada con unas tenazas pequeñas para darles un borde con pequeños ganchos. Después, un montoncito de estos ganchos alambrados finiquitados se tendía en su lado izquierdo. Aquellos alambres se hallaban en todas las entradas de las chabolas, enganchados a los bordes para poder colgar pieles en invierno y resguardarse del frío.

– ¿Qué pasa Tobi? ¿Este es tu hermano? – decía el artesano mientras mascaba el hierbajo y doblaba las puntas sobresalientes del alambre.

– Sí, se llama Oras.

– ¿Oras, Perdona? ¿Qué clase de nombre es ese? – se dirigía a Tobi en tono reprobatorio. Pero éste se limitó a mirar con pesadumbre a su hermano.

– ¿A quién se tiene que perdonar, a tus padres o a ti? – Preguntaba hoscamente.

– Nació aquí, por eso le pusieron Perdona. – Aquello aturdió al viejo arisco, que imprevistamente parecía que se había tragado la lengua y que sólo sabía gorgoritear entre gargajos. Al final fingió recomponerse y reanudó su trabajo.

– Bueno, ¿qué es lo que queréis? – les soltó ronco.

– Necesitamos  medio nudo de remiendo para la red de pesca.

– ¿De qué uña es el rombo?

– De segunda muda. – Desde que nacían y mientras iban desarrollándose, los acoísas mudaban de uñas a la vez que sus garras aumentaban de tamaño. Y ya hacía tiempo que Oras estaba al tanto de que utilizaban el ancho de las diferentes uñas para contar longitudes pequeñas. Aifghar se dirigió al barril donde guardaba el manojo de redes, estuvo sacando y descartando manojo tras manojo durante un rato, hasta que al final volvió con una tira de red.

– Ésta te servirá. – dijo mientras la extendía en la mesa y la analizaba en busca de algún nudo suelto. – A cambio quiero medio saquito de especias en pasta de pescado. Si no encontráis a un vendedor ambulante por aquí, id al amasadero. – Gracias. – contestó Tobi, que al instante siguiente agarró de nuevo a su hermano, dejando atrás al anciano, reparando los nudos que se habían soltado.

Tobi ni siquiera intentó buscar a algún vendedor ambulante, directamente se dirigió hacia las afueras de los talleres, en dirección al amasadero. “Tardaremos menos en llegar al amasadero desde aquí, que en buscar a un maldito ambulante” le había explicado. Y aún así, tuvieron que atravesar muchos artesanos antes de poder salir de la zona. Mientras tanto, Oras miraba a todos lados, intentando encontrar alguna peculiaridad a su alrededor, pero lo cierto era que por todas partes veía siempre lo mismo.

– Esta gente es muy anciana. – Comentó en un momento dado.

– Sí, sí que lo es. – Su hermano le contestaba ausente.

– ¿Se puede llegar a ser tan anciano?

– Bah... si tienes suerte... puedes acabar siendo un cadáver andante como ellos, supongo.

– ¿Y por qué no hay gente tan vieja en Acoba?

– Porque son inútiles. – A Tobi no le interesaba aquella conversación tanto como a su hermano pequeño, que recién había descubierto la existencia de los longevos.

– ¿Inútiles? ¿por qué son inútiles?

– Ya eres mayorcito Oras, estamos aquí porque mañana vas a entrar en los Mandatos, ¿de verdad se te tiene que explicar todo? No puedes venir aquí si no tienes ni idea de nada, yo no sé en qué piensa mamá…

– Yo… yo sí que sé. – El reproche de su hermano le había molestado. Estaba preparado para entrar a formar parte de los Mandatos de Supervivencia de Acoba, ya era mayorcito. – Sé que aquí se hacen artilugios secretos. Ya tengo edad para pasar a formar parte de los Mandatos, ya tengo los colmi…

– Sí, sí, lo que tú digas… ¡Pero si ni siquiera sabes a qué te enfrentas!

– ¿Qué quieres decir? – La cría de acoísa no comprendía a qué se refería su hermano mayor. << ¿Enfrentarse a algo? ¿A las máquinas Morym? >> Si era eso, sabía perfectamente a qué se enfrentaba. Ya había presenciado dos veces de lo que eran capaces aquellas bestias de acero.

– Pues que esto está lleno de abuelos, porque en Acoba se los cargan. – Contestó su hermano, para sorpresa de las predicciones de Oras. – Cuando ya no sirves para el trabajo forzado… – Seguidamente, Tobi se cortó su propio cuello con un cuchillo imaginario – y a tomar viento.

– Pero, pero eso es mentira. – Oras se horrorizaba – Están trabajando, no son inútiles.

– Esto no es trabajo forzado. Trabajo forzado es lo que hacen papá, mamá y Minaga ¿O es que no te has dado cuenta de cómo están? Casi no tienen carne para tapar sus huesos, y están con el cuerpo destrozado de sobre-esforzarse continuamente. ¡Suerte que sigan vivos después de tantos soles! Imagínate un decrépito como estos. – Señalaba, airado, a un artesano cualquiera –  No duraría ni media jornada, ¡Así te lo digo!

– ¿Mamá, Minaga y papá van a morir? – Era lo único que Oras retuvo del discurso. Tobi le miró abatido y seguidamente suspiró, resignado, hacia un costado, al tiempo que dejaba caer sus hombros, derrotado.

– No, no quería decir eso. Quería decir que tenemos suerte de que a ellos no les pase nada.

– ¿Pero les puede pasar algo?

– No, qué va… a ellos no, son fuertes. Aguantarán hasta el final.

– ¿Y entonces vendrán a vivir aquí?

– Exacto. Como el resto de ancianos.

– ¿Y por qué vienen aquí? Este lugar me da miedo.

– Pues este es el lugar de Saeria que menos miedo debe darte. Aquí estamos a salvo, porque nunca verás a un elicea o a un atahea entrar en el vertedero. Tienen miedo de palmarla si entran en contacto con nuestros cadáveres.

– ¿Y eso por qué?

– Yo qué sé, porque son unos debiluchos que no pueden con nosotros ni siquiera cuando estamos muertos. ¡Pero si necesitan a las putas máquinas para controlarnos! A nosotros, unos acoísas acabados que no tenemos ni la cuarta parte de fuerza que tendríamos en libertad… ¡Ojalá todos esos malditos come-hierbas cobardes se pudrieran con sus propios vómitos apestosos!

Después de aquello, Oras no quiso seguir indagando sobre los secretos de aquel lugar. Cuanto más conocía, más miedo le provocaba Saeria. Permanecieron callados durante el resto del camino, hasta que por fin abandonaron el caos de las mesas de trabajo. Volvían a encontrarse en un sendero barroso, aunque no era el mismo de antes. Éste iba de oeste a este, y bifurcaba con otro sendero que se dirigía al sur. Al oeste del camino, veía una montaña de chatarra en montones bien distribuidos, aunque estaba tan alejada, que no podía precisar de qué se componían aquellas torres de escoria. A su izquierda veía cómo se torcía el sendero hacia la noreste y se perdía. Y en frente suyo, aparecieron más mesas con ancianos, y más hornillos caseros a base de piedras, o metales. Por todas partes se veían hornillos encendidos, cacerolas hirviendo, y humaredas a la lejanía. Todos los puestos eran pequeñas cocinas donde se podía ver a gente destrozando trozos de carne y pescado de todo tipo, a otros horneando, otros estaban introduciendo la carne en minerales para marinarlos, otros los especiaban y los ahumaban, y otros los aplastaban hasta convertir las carnes en una masa tratable.

Siguieron por el sendero en dirección al sur, y según iban avanzando disminuía la aglomeración de cocinas, hasta que finalmente sólo se veía alguna desperdigada y rodeada por un cuadro macabro: filas de cadáveres de acoísas desnudos y hervidos se disponían uno al lado del otro. Había cuerpos de adultos, niños y ancianos. Tenían todo el cuerpo rapado, y sus pieles se habían vuelto rojizas tras cocerlas. Los vientres estaban destripados y completamente vaciados. La respiración de Oras se le entrecortó, la cola se le escondió entre las piernas, y el corazón se le aceleró tan rápido que sentía que le iba a explotar. Veía cómo en una esquina de la fila, dos cuerpos hervían dentro de una bañera, y en otra pegada a ésta, un centenar de entrañas aglomeradas hervían al unísono. En ambos receptáculos, una capa de grasa flotaba en la superficie del agua negruzca, junto con coágulos de sangre que emergían como burbujas y trozos de huesos quebrados. Era una imagen espeluznante para el pequeño acoísa. Tobi cogió fuertemente de la mano a Oras, y le sacó del sendero para adentrarle en el amasadero. Dejaron a un lado la fila de cadáveres, y en seguida se encontraron con una docena de abuelos trabajando cada uno en distintas fases de la cadena de preparación de aquellos cuerpos. Oras estiraba del taparrabos de Tobi, pasmado, mientras le preguntaba sollozando – ¿Qué están haciendo? – A pocos nudos, había varios toneles donde retiraban la grasa de las bañeras para que se enfriara y se convirtiera en gelatina. De uno de ellos, un anciano sacaba con una cuchara de madera pequeñas bolitas para elaborar las migas de grasa. Cerca de él, cinco mesas se desperdigaban, con un anciano amasando en cada una. Uno hacía migas de grasa comunes, a base de grasa gelatinosa y sangre coagulada. Otro hacía las migas con una masa de pescado picada, y un poco de sangre coagulada. En la mesa de al lado, mezclaban la grasa con grumos de carnes adobados con especias, en otra, en vez de carne era pescado, y en la última, dejaban macerar la grasa en un recipiente con minerales.

– Con esto complementamos la mierda de dieta de las gachas de Saeria y que no da ni para cuatro días.
– Pero son… ¡son acoísas! – Gritaba Oras.

– En Saeria no existe el remordimiento, Oras. Es vivir o morir en el intento.

El pequeño miraba a los ojos a su hermano, atemorizado por la idea – ¿Yo…? – señalaba a los cadáveres, incapaz de terminar la pregunta cuya respuesta le daba tanto miedo conocer.

– Sí… me temo que tú también, hermanito. Si no fuera por esta gente, que vive rodeada de cadáveres todos los días, y que se traga sus escrúpulos para cocinarlos como ganado cualquiera; tú y todos nosotros estaríamos muertos por desnutrición. No sé ni cómo no se dan cuentas esos idiotas come-hierbas. Se creen que podemos vivir con sus mierdas de raciones.

– No, no, no… no, no… – La vista se le estaba nublando, le temblaba todo el cuerpo y las náuseas le volvieron a aparecer –  ¡No, no, no! ¡No! – Gritaba enloquecida y despavoridamente –  ¡Yo no, yo no, yo no! ¡YO NO! – Se encontraba fuera de sí, y al final sus desesperantes gritos acabaron por llamar la atención de los trabajadores, que dejaron de ocuparse de sus asuntos para enterarse de lo que estaba ocurriendo. Entonces Tobi, desesperado, le agarró firmemente y le empezó a zarandear a la par que le gritaba – ¿Quieres tranquilizarte? ¡Llevas comiéndote a tu raza desde que naciste! Y si no te lo han dicho antes es porque eras tan pequeño que se te podía escapar delante de una maldita Morym. Pero se supone que ahora vas a ser un adulto ¡Así que tranquilízate y no la montes! – Le acabó gritando con todas sus fuerzas, aunque Oras le oía desde la lejanía, como un punto distante que se iba apagando progresivamente.

Cuando despertó, se encontraba tendido a las afueras del amasadero, de nuevo cerca de los talleres. Una vez Tobi compró la masa de pescado, le cargó sobre sus hombros hasta alejarle de las fábricas de cocción. En cuanto Oras se reanimó, dio una  pequeña ojeada desde el suelo, y en seguida se topó con su hermano, que también estaba descansando en el suelo. – ¿Qué ha pasado? – preguntó Oras desorientado.

– Te desmayaste. – Las fuerzas le estaban volviendo a sus extremidades, y pudo apoyarse a trompicones sobre sí mismo.

 – ¿Cuánto tiempo ha pasado? – Preguntó aturdido.

– Mucho, mamá nos va a matar.

– Lo… lo siento… no sé qué ha…

– Tranquilo, no debí llevarte conmigo al amasadero. – Se quedaron en silencio durante unos instantes, pero Tobi volvió a hablar – Puede que todavía no estés preparado para el Vertedero, pero te acostumbrarás a la fuerza, como todos lo hicimos. No creas que eres el único que se asusta con todo esto, pero aún así no puedes perder de ese modo los estribos cada vez que veas algo espantoso. Saeria es una cárcel donde se viene a morir de hambre, de trabajo, o por tortura. Eso no lo olvides nunca, Oras. –  Después se levantó de un salto. – Venga, vámonos, que ya será de noche y llegaremos para cuando amanezca. Demasiado tarde para que mamá pueda ir a pescar… Nos va a matar… – Susurró para sí mismo.
            – Tobi… ¿A partir de mañana me tocará venir aquí a aprender mi oficio?

            – Así es.

            – ¿Y me puede tocar en el amasadero?

            – Así es. – Durante un rato, Oras permaneció pensativo, observando el suelo, abatido.

            – ¿Volvemos a casa?

            – Más nos vale…

            – ¿Y Aifghar?

            – Hace ya rato que le pagué.