**Genia: elemento compositivo que significa “origen”, “principio de algo”.**

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jueves, 29 de septiembre de 2011

5. EL VERTEDERO DE TÓLU ÉHADE

El hedor de cadáveres en descomposición se le pegaba a la piel y a las fosas nasales. Fuera a donde fuera, arrastraba la peste con él: nada más irrumpir en los dominios del Vertedero de Tólu Éhade, una montaña de cuerpos putrefactos les dio la bienvenida. Era la primera vez que Oras visitaba el Vertedero, y en los suburbios jamás había conocido un olor tan nauseabundo, ni había visto nada parecido a un monumento de cadáveres fétidos. Por mucho que el hacinamiento copioso de los muertos escondiera, en su mayor parte, los detalles macabros de la putrefacción; eran muchas caras descompuestas, ojos sobresalidos o reventados, cabezas despellejadas que revelaban el cráneo, o entrañas descolgadas de los torsos los que se colaban por su mirada esquiva. Para él supuso un impacto agónico tan fuerte, que le obligó a alejarse corriendo de su hermano para vomitar en el primer lugar en el que pudo caerse.

El Vertedero era una cueva de enormes dimensiones, y aún así su clima distaba del que compartían el resto de los lugares recónditos de la caverna. Hacía un calor inaguantable, y la elevada humedad de las paredes arrancaba chorretones de sudor de su piel. El poco pelo que le habían dejado tras raparle hacía unos pocos días, no le resguardaba de la pegajosidad del ambiente. “Ojalá me hubieran mandado aquí antes y no con la entrada del verano, ¡Hace un calor de mil lagos de lava!” Se quejaba Oras. La cueva se encontraba prácticamente a oscuras, a excepción de unas pocas luces que producían las llamas de algunas hogueras dispersas por la zona sur. Un sendero embarrado dividía el recinto en dos secciones. En la parte derecha se levantaba el auténtico vertedero, colmado de cadáveres de acoísas, roedores, pescado y restos de comida podridos, utensilios y herramientas rotas, chapas de metal oxidadas, y una infinidad de artilugios y chatarra inútiles al juicio de Oras. A mano izquierda, no obstante, se presentaba un panorama muy diferente: decenas de puestos artesanales se esparcían indiscriminadamente y sin orden alguno. En todos se podía contar entre uno a tres acoísas obrando distintos artefactos. Muchos de ellos eran tan jóvenes como él, y otros tantos había que rondaban la edad de Tobi. De todos modos, esos sumaban como mucho una tercera parte del total: la mayoría eran ancianos, muy ancianos, tan viejos que el crío no lo creía posible. En los suburbios, escaseaban los mayores que sobrepasaban los treinta soles rojos, y estos abuelos centrados en sus oficios, debían de tener por lo menos el doble, según el exagerado criterio de Oras. Sus pelajes eran cenicientos, y los habían dejado crecer aun siendo verano. En vez de las pieles típicas de Acoba que se limitaban a tapar la zona vulnerable debajo del vientre; los ancianos cubrían todo su cuerpo con una tela negruzca de un material desconocido para el chico, y que sólo dejaba ver la cara y las garras superiores.

Los espacios de trabajo eran todos similares: se componían de dos bidones deformados de metal oxidado, o de piedras agrupadas que elevaban un pequeño muro. Sobre ambas configuraciones se apoyaban varias chapas de metal, unidas por clavos y nudos de alambre rudimentarios. El primer puesto que Oras vio tras dejar a su espalda, enfermo, la fosa común, se dedicaba a la fabricación de artilugios comunes para la construcción y reparación de chabolas: debajo de su precaria mesa había siete cuencos, el primero estaba lleno de  clavos de un metal ennegrecido por el uso y el tiempo, al segundo le salía una barriga de ganchos hechos del mismo material que los clavos, en el tercero había unas cuantas barrenas, cuyo mango era de piedra y el taladro de metal viejo, en muchos casos negruzco y en otros rojizo a causa del óxido, pero todos con el mismo diámetro; otro cuenco estaba a rebosar de escarpias, que resultaban muy parecidas a los ganchos, pero sin el doble giro de la punta;  en otro había unos pocos punzones, muy parecidos a las barrenas, pero sin la pieza de manguitos acoplada para girar, y sin que la perforadora estuviera cincelada para taladrar. También había un cuenco con varillas y otro con arandelas. Sobre aquella mesa enchapada, dos acoísas trabajaban en la elaboración de unos punzones. El primero debía de ser un poco mayor que Oras, y se le notaba torpe e inseguro manejando el cincel, pero el segundo era un anciano, claramente veterano en su trabajo: la destreza de sus gestos era innegable, y mientras la pobre cría luchaba con la piedra para esculpir un mango, el maestro devastaba la suya como si se tratara de simple arcilla moldeable. Detrás de ellos tenían un pequeño brocal redondo construido a base de piedras. En su borde se repartían rectangularmente varios pedruscos sueltos y quemados, que reducían la boca del hoyo, de manera que se podía apoyar una olla con sus mangos, sin que ésta tocara el suelo donde ardía la hoguera. Era un pequeño horno de fundición, que en aquel instante estaba apagado. La olla, negra como el carbón, descansaba sobre las piedras, y en su interior, una fina capa plateada de aluminio enfriado se extendía por el fondo. Y en el suelo se esparcían docenas de cajas metálicas donde hacían los moldes. Todas estaban manchadas de arena, y algunas tenían los bordes ennegrecidos por el contacto con el metal derretido.

Oras se sentía mareado por el trauma, que le había dejado el cuerpo entumecido y nauseoso. La cabeza le daba vueltas, y un sudor frío le congelaba los huesos aun estando a temperaturas tan altas. El ruido ensordecedor y continuo de las herramientas, del choque de metales, del serrado de pieles y de la escultura de la piedra, entre otros tantos sonidos distintos, aturdía y enfermaba a la criatura. Necesitaba sentarse un rato y respirar sosegadamente. Se estaba desquiciando, pero justo cuando se disponía a agacharse, su hermano le dio un ligero toque en el hombro a la vez que le decía “Venga va, que todavía tenemos que volver y mamá nos estirará de las orejas si tardamos demasiado”. Oras se recompuso a regañadientes e intentó seguir las zancadas de su hermano mayor, pese a que se balanceaba entre los puestos, y a que debía concentrar todas sus fuerzas para no vomitar sobre ninguno. La combinación del olor a metales al rojo vivo y el de los cueros en orín y excrementos, con el olor que acarreaba de los cadáveres, le revolvía el estómago.

Bajo su abatido estado, le era difícil distinguir las diferentes artesanías con las que se iba cruzando, pero, pese a eso, llegó a reconocer los bancos de herreros y fundidores que se repetían ahí donde iba, incluso vio varios sitios de curtidores, cuchilleros, tejedores y un par de mesas donde confeccionaban pergaminos con pieles muy finas. El trajín bullía en todas los talleres, y por eso en ocasiones rodearlos se convertía en toda una proeza. Pero Tobi parecía conocerse el lugar como los pelos de sus garras, y siempre se las apañaba para esquivar al gentío. Oras, por el contrario, se perdió varias veces por culpa de los obstáculos que le dejaban atrás. Cada tantos pasos, su hermano tenía que retroceder para buscarle, y a la quinta vez, la paciencia de Tobi se le había agotado, y no le quedó más opción que agarrar el brazo del pequeño y arrastrarlo por la multitud, aunque aquello conllevara que se golpeara con todo lo que se cruzaba por su camino. Por cada taller que intentaba esquivar, una nueva traba, ruido, o acoísa le distraía; y con tanto ajetreo, Oras no había caído en la cuenta de las condiciones en las que se encontraba el suelo bajo sus garras. En los suburbios donde él vivía, toda la porquería iba a parar a sus terrosas y mugrientas calles: excrementos, basura, vómitos, sangre… cualquier cosa que no se quisiera dentro de los hogares. Si bien disponían de letrinas comunes que la mayoría tenía la consideración de usar, muchos pasaban por alto sus instalaciones y convertían los descampados en los suyos personales, expandiendo el tufo por todas las calles y, por si fuera poco, como se quejaba siempre su madre, cuando llovía, toda la mierda aglutinada se derretía y caía arroyo abajo, hacia las calles de Acoba. Estaba acostumbrado a esa suciedad, ya que había crecido en las calles jugando con otros chicos del vecindario, y muchas veces había acabado restregándose por los suelos, junto a las raspas de pescado y los cadáveres de los roedores aplastados; de modo que la suciedad de las calles no le generaba la repugnancia que le daba a su madre. En cambio, el suelo de los obradores estaba viscoso por culpa de la grasa y los aceites que se utilizaban en la manipulación de los metales. Asimismo, un extraño polvo blanquecino se veía por los laterales de muchas mesas, y la orina y excrementos derrochados empantanaban los alrededores de los talleres de curtido. Según le había inculcado su madre a lo largo de los años, tal comportamiento demostraba un auténtico desprecio hacia las libertades y el bienestar del vecino, y nunca se debía olvidar de ser respetuoso con los demás, por mucho que cuatro despreciables utilizaran las calles como retretes.

Por algún extraño motivo, aquel espectáculo le recordaba a las letrinas domésticas. Ya que en la mayoría de las chabolas se disponía de un hoyo casero, que se solía cavar en la esquina más alejada de la entrada o del hornillo, y el cual desempeñaba el papel de letrina de urgencias durante el toque de queda. Al día siguiente, dependiendo de la familia, podían ocurrir varias cosas: una opción muy común en los suburbios era limpiar los excrementos una vez cada varios días; aunque también había familias que lo vaciaban todos los días; pero, de todos modos, a menudo los desechos acababan en los descampados o directamente en la calle, en vez de ser tirados a las letrinas comunes. En su casa, Oras era el encargado de limpiar el urinario todas las mañanas y tirarlo a los comunes. Y más le valía no rezagarse ningún día, porque tenía prohibido probar bocado alguno hasta que hubiera terminado con la letrina. Quizá por eso mismo, el hecho de ver cómo convivían aquellos ancianos con sus propios excrementos malolientes, que se iban acumulando sin ser recogidos hasta convertirse en una masa reseca, o por el contario, en aguas fecales, no le entraba en la cabeza.

Y ahí seguía Oras inmerso en sus pensamientos, cuando de repente, una anciana le sorprendió por el camino. De la brusquedad del impacto, su hermano no pudo seguir agarrándole, y el tumulto del lugar acabó por separarles. Aquella anciana tuvo que ser de la altura de Tobi, pero como tenía la espalda encorvada, en esos momentos era algo más bajita que él. Tenía el rostro picado por las secuelas de alguna enfermedad, y su ojo izquierdo debía de estar muerto, porque una capa blanquecina tapaba el iris ovalado, y aparte miraba hacia el vacío. Con sus manos temblorosas, la abuela agarraba un plato abollado que contenía algunas migas de grasa. No eran las típicas que se comían en casa de Oras, pero aún así ya había tenido la oportunidad de probarlas anteriormente: eran bolas del tamaño de una canica, verdosas y gelatinosas, y en su interior se distinguían pequeños tropezones grumosos de carne y hierbas molidas.  Cuando su padre volvía de la fábrica una vez cada veinte días, sus hermanos traían del Vertedero un saquito con algunas de estas migas para celebrarlo. Estaban hechas con grasa, pieles de pescado y hierbas aromáticas. Un sabroso manjar para el paladar. Se le hacía la boca agua de recordar el sabor, y el propio estómago parecía que estuviera preparando una fiesta, de lo alegre que se ponía por aquel hallazgo. Goloso, estiró el brazo para coger una bola, pero la dueña del suculento tentempié le propinó una bofetada en el dorso de la garra. “Serás caradura” le regañó la anciana. Oras se le quedó mirando boquiabierto, con cara de bobalicón. No se había esperado tal respuesta. Pero antes de que tuviera tiempo de reaccionar, algo le estiraba del brazo a golpes entre la gente.

No distinguía nada de lo chocaba con su espalda. Intentaba mirar a los lados con la esperanza  de encontrar a su hermano tirándole del brazo, pero con tanto alboroto no era capaz de darse la vuelta. Y justo en un momento en el que seguía insistiendo con retorcerse y cambiar de sentido, el brazo le agarró del hombro, y de una fuerte sacudida le arrastró al costado de Tobi. Su hermano ni siquiera le prestaba atención. Su mirada se dirigía constantemente al viejo que se encontraba sentado sobre un tonel, detrás de la mesa del taller enfrente de ellos. Era un acoísa que aparentaba ser muy mayor, al igual que el resto de los ancianos. La piel de su cara estaba blanquecina y arrugada, como sus garras. Entre sus dos gigantescos colmillos amarillentos y carcomidos que le sobrepasaban la barbilla, mascaba una hierba seca, de color verdoso, de la que brotaban unas diminutas florecillas blancas que crujían al masticarlas. Llevaba puesto el capuchón negro que le colgaba hasta el suelo. A través de las mangas caídas se mostraban sus brazos, que tenían incluso más pelo que lo que hubiese tenido Oras en invierno jamás. Era un pelo blanco, largo y espeso, estaba tan desenmarañado como el del niño, pero en cambio, se veía fuerte y sano, y no áspero y fino como el de Oras. Las uñas, en cambio, las tenía rotas, prácticamente no estaban afiladas, y muchas de ellas se le habían astillado. Oras se preguntaba si estarían a punto de nacerle las nuevas uñas, o es que era tan viejo que ya no le crecían más.

Su puesto era un pequeño taller de costura, por lo que dedujo que por fin habían encontrado a Aifghar el tejedor, a quien su madre les había mandado a buscar. Sobre su mesa, una lata oxidada guardaba varias agujas de distintos diámetros y longitudes, así como un par de tenazas. En un borde alejado del obrador, se tendía un telar precario formado con palos de madera deteriorados y mohosos, en los que se estiraban largos pelos. Detrás de Aifghar había un tonel lleno de redes de pesca enredadas, y otro con sacos de un color arcilloso, algunos estaban enteros, otros deshilachados porque usaba sus hilos para tejer las redes de pesca, pero en todos se podía leer las palabras “Cultivos de Saeria”. Entre las manos del anciano, una pequeña malla de alambre iba siendo moldeada con unas tenazas pequeñas para darles un borde con pequeños ganchos. Después, un montoncito de estos ganchos alambrados finiquitados se tendía en su lado izquierdo. Aquellos alambres se hallaban en todas las entradas de las chabolas, enganchados a los bordes para poder colgar pieles en invierno y resguardarse del frío.

– ¿Qué pasa Tobi? ¿Este es tu hermano? – decía el artesano mientras mascaba el hierbajo y doblaba las puntas sobresalientes del alambre.

– Sí, se llama Oras.

– ¿Oras, Perdona? ¿Qué clase de nombre es ese? – se dirigía a Tobi en tono reprobatorio. Pero éste se limitó a mirar con pesadumbre a su hermano.

– ¿A quién se tiene que perdonar, a tus padres o a ti? – Preguntaba hoscamente.

– Nació aquí, por eso le pusieron Perdona. – Aquello aturdió al viejo arisco, que imprevistamente parecía que se había tragado la lengua y que sólo sabía gorgoritear entre gargajos. Al final fingió recomponerse y reanudó su trabajo.

– Bueno, ¿qué es lo que queréis? – les soltó ronco.

– Necesitamos  medio nudo de remiendo para la red de pesca.

– ¿De qué uña es el rombo?

– De segunda muda. – Desde que nacían y mientras iban desarrollándose, los acoísas mudaban de uñas a la vez que sus garras aumentaban de tamaño. Y ya hacía tiempo que Oras estaba al tanto de que utilizaban el ancho de las diferentes uñas para contar longitudes pequeñas. Aifghar se dirigió al barril donde guardaba el manojo de redes, estuvo sacando y descartando manojo tras manojo durante un rato, hasta que al final volvió con una tira de red.

– Ésta te servirá. – dijo mientras la extendía en la mesa y la analizaba en busca de algún nudo suelto. – A cambio quiero medio saquito de especias en pasta de pescado. Si no encontráis a un vendedor ambulante por aquí, id al amasadero. – Gracias. – contestó Tobi, que al instante siguiente agarró de nuevo a su hermano, dejando atrás al anciano, reparando los nudos que se habían soltado.

Tobi ni siquiera intentó buscar a algún vendedor ambulante, directamente se dirigió hacia las afueras de los talleres, en dirección al amasadero. “Tardaremos menos en llegar al amasadero desde aquí, que en buscar a un maldito ambulante” le había explicado. Y aún así, tuvieron que atravesar muchos artesanos antes de poder salir de la zona. Mientras tanto, Oras miraba a todos lados, intentando encontrar alguna peculiaridad a su alrededor, pero lo cierto era que por todas partes veía siempre lo mismo.

– Esta gente es muy anciana. – Comentó en un momento dado.

– Sí, sí que lo es. – Su hermano le contestaba ausente.

– ¿Se puede llegar a ser tan anciano?

– Bah... si tienes suerte... puedes acabar siendo un cadáver andante como ellos, supongo.

– ¿Y por qué no hay gente tan vieja en Acoba?

– Porque son inútiles. – A Tobi no le interesaba aquella conversación tanto como a su hermano pequeño, que recién había descubierto la existencia de los longevos.

– ¿Inútiles? ¿por qué son inútiles?

– Ya eres mayorcito Oras, estamos aquí porque mañana vas a entrar en los Mandatos, ¿de verdad se te tiene que explicar todo? No puedes venir aquí si no tienes ni idea de nada, yo no sé en qué piensa mamá…

– Yo… yo sí que sé. – El reproche de su hermano le había molestado. Estaba preparado para entrar a formar parte de los Mandatos de Supervivencia de Acoba, ya era mayorcito. – Sé que aquí se hacen artilugios secretos. Ya tengo edad para pasar a formar parte de los Mandatos, ya tengo los colmi…

– Sí, sí, lo que tú digas… ¡Pero si ni siquiera sabes a qué te enfrentas!

– ¿Qué quieres decir? – La cría de acoísa no comprendía a qué se refería su hermano mayor. << ¿Enfrentarse a algo? ¿A las máquinas Morym? >> Si era eso, sabía perfectamente a qué se enfrentaba. Ya había presenciado dos veces de lo que eran capaces aquellas bestias de acero.

– Pues que esto está lleno de abuelos, porque en Acoba se los cargan. – Contestó su hermano, para sorpresa de las predicciones de Oras. – Cuando ya no sirves para el trabajo forzado… – Seguidamente, Tobi se cortó su propio cuello con un cuchillo imaginario – y a tomar viento.

– Pero, pero eso es mentira. – Oras se horrorizaba – Están trabajando, no son inútiles.

– Esto no es trabajo forzado. Trabajo forzado es lo que hacen papá, mamá y Minaga ¿O es que no te has dado cuenta de cómo están? Casi no tienen carne para tapar sus huesos, y están con el cuerpo destrozado de sobre-esforzarse continuamente. ¡Suerte que sigan vivos después de tantos soles! Imagínate un decrépito como estos. – Señalaba, airado, a un artesano cualquiera –  No duraría ni media jornada, ¡Así te lo digo!

– ¿Mamá, Minaga y papá van a morir? – Era lo único que Oras retuvo del discurso. Tobi le miró abatido y seguidamente suspiró, resignado, hacia un costado, al tiempo que dejaba caer sus hombros, derrotado.

– No, no quería decir eso. Quería decir que tenemos suerte de que a ellos no les pase nada.

– ¿Pero les puede pasar algo?

– No, qué va… a ellos no, son fuertes. Aguantarán hasta el final.

– ¿Y entonces vendrán a vivir aquí?

– Exacto. Como el resto de ancianos.

– ¿Y por qué vienen aquí? Este lugar me da miedo.

– Pues este es el lugar de Saeria que menos miedo debe darte. Aquí estamos a salvo, porque nunca verás a un elicea o a un atahea entrar en el vertedero. Tienen miedo de palmarla si entran en contacto con nuestros cadáveres.

– ¿Y eso por qué?

– Yo qué sé, porque son unos debiluchos que no pueden con nosotros ni siquiera cuando estamos muertos. ¡Pero si necesitan a las putas máquinas para controlarnos! A nosotros, unos acoísas acabados que no tenemos ni la cuarta parte de fuerza que tendríamos en libertad… ¡Ojalá todos esos malditos come-hierbas cobardes se pudrieran con sus propios vómitos apestosos!

Después de aquello, Oras no quiso seguir indagando sobre los secretos de aquel lugar. Cuanto más conocía, más miedo le provocaba Saeria. Permanecieron callados durante el resto del camino, hasta que por fin abandonaron el caos de las mesas de trabajo. Volvían a encontrarse en un sendero barroso, aunque no era el mismo de antes. Éste iba de oeste a este, y bifurcaba con otro sendero que se dirigía al sur. Al oeste del camino, veía una montaña de chatarra en montones bien distribuidos, aunque estaba tan alejada, que no podía precisar de qué se componían aquellas torres de escoria. A su izquierda veía cómo se torcía el sendero hacia la noreste y se perdía. Y en frente suyo, aparecieron más mesas con ancianos, y más hornillos caseros a base de piedras, o metales. Por todas partes se veían hornillos encendidos, cacerolas hirviendo, y humaredas a la lejanía. Todos los puestos eran pequeñas cocinas donde se podía ver a gente destrozando trozos de carne y pescado de todo tipo, a otros horneando, otros estaban introduciendo la carne en minerales para marinarlos, otros los especiaban y los ahumaban, y otros los aplastaban hasta convertir las carnes en una masa tratable.

Siguieron por el sendero en dirección al sur, y según iban avanzando disminuía la aglomeración de cocinas, hasta que finalmente sólo se veía alguna desperdigada y rodeada por un cuadro macabro: filas de cadáveres de acoísas desnudos y hervidos se disponían uno al lado del otro. Había cuerpos de adultos, niños y ancianos. Tenían todo el cuerpo rapado, y sus pieles se habían vuelto rojizas tras cocerlas. Los vientres estaban destripados y completamente vaciados. La respiración de Oras se le entrecortó, la cola se le escondió entre las piernas, y el corazón se le aceleró tan rápido que sentía que le iba a explotar. Veía cómo en una esquina de la fila, dos cuerpos hervían dentro de una bañera, y en otra pegada a ésta, un centenar de entrañas aglomeradas hervían al unísono. En ambos receptáculos, una capa de grasa flotaba en la superficie del agua negruzca, junto con coágulos de sangre que emergían como burbujas y trozos de huesos quebrados. Era una imagen espeluznante para el pequeño acoísa. Tobi cogió fuertemente de la mano a Oras, y le sacó del sendero para adentrarle en el amasadero. Dejaron a un lado la fila de cadáveres, y en seguida se encontraron con una docena de abuelos trabajando cada uno en distintas fases de la cadena de preparación de aquellos cuerpos. Oras estiraba del taparrabos de Tobi, pasmado, mientras le preguntaba sollozando – ¿Qué están haciendo? – A pocos nudos, había varios toneles donde retiraban la grasa de las bañeras para que se enfriara y se convirtiera en gelatina. De uno de ellos, un anciano sacaba con una cuchara de madera pequeñas bolitas para elaborar las migas de grasa. Cerca de él, cinco mesas se desperdigaban, con un anciano amasando en cada una. Uno hacía migas de grasa comunes, a base de grasa gelatinosa y sangre coagulada. Otro hacía las migas con una masa de pescado picada, y un poco de sangre coagulada. En la mesa de al lado, mezclaban la grasa con grumos de carnes adobados con especias, en otra, en vez de carne era pescado, y en la última, dejaban macerar la grasa en un recipiente con minerales.

– Con esto complementamos la mierda de dieta de las gachas de Saeria y que no da ni para cuatro días.
– Pero son… ¡son acoísas! – Gritaba Oras.

– En Saeria no existe el remordimiento, Oras. Es vivir o morir en el intento.

El pequeño miraba a los ojos a su hermano, atemorizado por la idea – ¿Yo…? – señalaba a los cadáveres, incapaz de terminar la pregunta cuya respuesta le daba tanto miedo conocer.

– Sí… me temo que tú también, hermanito. Si no fuera por esta gente, que vive rodeada de cadáveres todos los días, y que se traga sus escrúpulos para cocinarlos como ganado cualquiera; tú y todos nosotros estaríamos muertos por desnutrición. No sé ni cómo no se dan cuentas esos idiotas come-hierbas. Se creen que podemos vivir con sus mierdas de raciones.

– No, no, no… no, no… – La vista se le estaba nublando, le temblaba todo el cuerpo y las náuseas le volvieron a aparecer –  ¡No, no, no! ¡No! – Gritaba enloquecida y despavoridamente –  ¡Yo no, yo no, yo no! ¡YO NO! – Se encontraba fuera de sí, y al final sus desesperantes gritos acabaron por llamar la atención de los trabajadores, que dejaron de ocuparse de sus asuntos para enterarse de lo que estaba ocurriendo. Entonces Tobi, desesperado, le agarró firmemente y le empezó a zarandear a la par que le gritaba – ¿Quieres tranquilizarte? ¡Llevas comiéndote a tu raza desde que naciste! Y si no te lo han dicho antes es porque eras tan pequeño que se te podía escapar delante de una maldita Morym. Pero se supone que ahora vas a ser un adulto ¡Así que tranquilízate y no la montes! – Le acabó gritando con todas sus fuerzas, aunque Oras le oía desde la lejanía, como un punto distante que se iba apagando progresivamente.

Cuando despertó, se encontraba tendido a las afueras del amasadero, de nuevo cerca de los talleres. Una vez Tobi compró la masa de pescado, le cargó sobre sus hombros hasta alejarle de las fábricas de cocción. En cuanto Oras se reanimó, dio una  pequeña ojeada desde el suelo, y en seguida se topó con su hermano, que también estaba descansando en el suelo. – ¿Qué ha pasado? – preguntó Oras desorientado.

– Te desmayaste. – Las fuerzas le estaban volviendo a sus extremidades, y pudo apoyarse a trompicones sobre sí mismo.

 – ¿Cuánto tiempo ha pasado? – Preguntó aturdido.

– Mucho, mamá nos va a matar.

– Lo… lo siento… no sé qué ha…

– Tranquilo, no debí llevarte conmigo al amasadero. – Se quedaron en silencio durante unos instantes, pero Tobi volvió a hablar – Puede que todavía no estés preparado para el Vertedero, pero te acostumbrarás a la fuerza, como todos lo hicimos. No creas que eres el único que se asusta con todo esto, pero aún así no puedes perder de ese modo los estribos cada vez que veas algo espantoso. Saeria es una cárcel donde se viene a morir de hambre, de trabajo, o por tortura. Eso no lo olvides nunca, Oras. –  Después se levantó de un salto. – Venga, vámonos, que ya será de noche y llegaremos para cuando amanezca. Demasiado tarde para que mamá pueda ir a pescar… Nos va a matar… – Susurró para sí mismo.
            – Tobi… ¿A partir de mañana me tocará venir aquí a aprender mi oficio?

            – Así es.

            – ¿Y me puede tocar en el amasadero?

            – Así es. – Durante un rato, Oras permaneció pensativo, observando el suelo, abatido.

            – ¿Volvemos a casa?

            – Más nos vale…

            – ¿Y Aifghar?

            – Hace ya rato que le pagué.

jueves, 15 de septiembre de 2011

4. EL EXTRAÑO ACOMPAÑANTE



No era capaz de imaginar cómo había ido a parar a un lugar tan siniestro. Lo último que recordaba era la aparición resplandeciente de aquellos ojos penetrantes que le hundieron en el pánico. Intentaba reorganizar sus ideas y acordarse de lo que había ocurrido en el bosque, pues estaba claro que ya no se encontraba en él. Sobre ella se tendía un cielo azulado, con una galaxia espiral de tonos rojizos, repleta de estrellas, y tan nítida a la vista que daba la impresión de estar tan cerca de ella como lo estaba la luna de la Tierra. Además, delante de ella se hallaba una ciénaga sin par. No hacía falta que nadie se lo corroborara, aquel lugar no era la Tierra. Un sinfín de preguntas se le planteaba a la vez. << ¿Estaba en otro planeta?, ¿En un mundo paralelo?, ¿En el cielo?...>> Pero era imposible dar respuesta a ninguna de ellas.

Aquella ciénaga estaba repleta de elementos extraordinarios. Por toda ella sobresalían pequeñas isletas de piedra, algunas tan pequeñas como para sólo posarse de pie, y otras de varios metros cuadrados de extensión. La flora que ahí se albergaba parecía submarina. Por todas partes se extendían unas extrañas algas del tamaño y altura de un matorral. Parecían blandas, pero aún así se mantenían erguidas; las frondas eran tan anchas como un arbusto, todas con un perfil curvilíneo, continuamente ondulante, y llenas de agujeros circulares perfectos; podían ser de colores verdosos, o turquesa, e incluso algunas azules al reflejo del agua. También se hallaban unas peculiares enredaderas que no dependían de un soporte para poder expandirse, sino que usaban su propio tallo como tal. Algunas, incluso, sobrepasaban en varios metros a las algas. Sus colores eran muy dispares, desde color plata, a verde, celeste, morado, rojo… pero su configuración, en cambio, siempre se repetía: pequeñas ramas no más anchas que un pulgar, cubiertas de anillos negros a lo largo de todo su tallo, y con formas de espirales que se enredaban y se retorcían entre sí, como si se estuvieran estrangulando, dando lugar a un escenario en ocasiones escalofriante.

El pantano era de un azul chillón, muy diferente al verdoso de las aguas estancadas que siempre había visto. Ni siquiera los mares tenían un azul tan intenso. Dentro de él se divisaban algas más pequeñas y con formas similares a las conocidas, pero de todos los colores, al igual que las enredaderas. Lo más enigmático para Anne fue descubrir unas sombras que se asomaban y se esfumaban a voluntad. Eran siluetas de seres extraños, algunos semejantes entre sí, otros completamente dispares, pero todos oscuros y escurridizos. Sus cuerpos se estremecían continuamente y sus miradas estaban acongojadas,  Anne tenía la impresión de que sus amagos de aparición eran intentos de escapada, como si estuvieran atrapados. No se atrevía a poner un pie sobre aquellas aguas… “Pero… ¿Cómo?” musitó Anne, << ¿Se estaba posando en una isleta con sus pies? >> Al mismo tiempo que reparaba en ello, sacudía las piernas como acto reflejo. De nuevo podía moverlas y andar como una persona. Alzó la vista desconcertada, mirando a todas partes, mientras se preguntaba “¿Dónde narices estoy?”. Acto seguido se tocaba las piernas, agitada y pasmada, a esperas de entender qué le ocurría. Se sentía como siempre, como si tuviera de nuevo piel, músculos, órganos y vida… Una sensación que creía que no volvería a sentir jamás. Sin remedio alguno se le escapaban risas de alegría y desahogo, incluso alguna lágrima se le derramaba por las mejillas, pero ya no se le disolvían como le ocurrió en su estado fantasmal.

En uno de los ataques de risa, se agachó apretándose el estómago para mermar los pinchazos de dolor. Las lágrimas se le caían sin cesar mientras seguía riéndose a carcajada limpia. Se limpiaba las mejillas y se frotaba los párpados intentando frenar los lagrimones, que poco a poco se fueron secando a la vez que se tranquilizaba. Abrió los ojos y se topó consigo misma, encorvada, reflejada en el agua de la ciénaga. Llevaba las mismas prendas que en su último día con vida. Ya ni se acordaba de ello, ni si quiera tenía la certeza absoluta de haber estado flotando por el bosque con aquel vestido. << ¿Cómo podía haberse pasado tanto tiempo deambulando sin reparar ni una sola vez en aquella nimiedad? >>. Además, el vestido se encontraba en perfecto estado, como si el accidente nunca hubiera ocurrido. Era uno de sus vestidos favoritos, se lo solía poner cuando tenía una cita especial con Adam y quería verse espléndida. Se trataba de un vestido de crespón, de un color rojo intenso, que le llegaba hasta la mitad de sus muslos, holgado desde el pecho,  con tirantes finos y sin cuello, como un palabra de honor. En el centro del pecho, se agrupaban unas arrugas verticales que fingían ser un trozo de tela que se metía en el escote. Se alegraba de haberse puesto ese vestido el día del accidente.

Anne meditaba: si el vestido estaba intacto, era imposible seguir viva…, aquello debía de ser fruto de su imaginación. Quizá había subido al cielo, donde  uno se mostraba tal cual se acordaba. << Pero ¿Acaso en el cielo había almas en pena, como las que ella podía ver retorciéndose en la ciénaga? ¿Podría ser que hubiera acabado en el infierno? … >>.  La mera posibilidad le paralizó los nervios. << ¿En el infierno? ¿Y por qué? >> No creía que durante su vida hubiera sido una persona cruel, ni que sus actos pudieran ser castigados hasta tal punto. Había sido tan egoísta y generosa como cualquiera, sin destacar en ningún punto, y, que ella supiera, nadie le había considerado mala persona. Además, << ¡Ni siquiera había sido su culpa! ¡Le habían atropellado injustamente! ¡Y encima se sentía igual de viva que antes! ¿Cómo narices iba a estar muerta si se sentía viva? ¿Qué demonios estaba ocurriendo? >>. Empezaba a enojarse con el entorno, como si aquel lugar tuviera la culpa de su supuesta desdicha. En un arrebato, cogió una piedra y la tiró a la cara de una sombra que casualmente se le apareció cerca de ella. El alma se escabulló cual pez huidizo, en cuanto fue alcanzada. No tuvo ni que desaparecer por completo la sombra para que Anne se arrepintiera de su acto de delirio. Aquella alma en pena no tenía suficiente con su macabro destino, que además debía sufrir los cabreos repentinos de una idiota. Se avergonzaba de sí misma. Asqueada ya por todo lo que le rodeaba, decidió emprender la marcha hacia otro lugar, con la esperanza de encontrar respuestas y así tranquilizar su ánimo.

La única manera de moverse era saltar de piedra en piedra, no se divisaba tierra firme por ningún lugar. Sin embargo, tenía miedo de lanzarse torpemente y caer en el agua, pues le asustaba la idea de quedarse atrapada como aquellas sombras. Intentaba saltar siempre sobre rocas cercanas que le suscitaran confianza, a poder ser, que no le obligaran si quiera a saltar, sólo a extender la pierna. Había dado sólo unos pocos pasos cuando comenzó a escuchar un ajetreo en los matorrales que dejaba a sus espaldas. A veces lo escuchaba por la derecha, y otras por la izquierda, pero siempre cerca de ella. << ¿Y si la estaban siguiendo?>> se preguntaba. Las sensaciones se le entremezclaban, no podía  evitar sentir miedo a la vez que emoción. << ¿Significaba eso que ya no estaba sola?>>

– ¿Quién anda ahí? – Rompió por fin el silencio.

Pero nada ocurría. No oía ninguna respuesta, ni siquiera se meneaban los matorrales como hacían meros instantes atrás. Daba vueltas sobre sí misma, intentando atisbar algo, pero todo seguía en calma. Se acercaba a los sotos, y con las manos inspeccionaba entre las frondas. Después miraba detrás de éstos, por si encontraba algo. Así estuvo durante un rato, pero lo cierto era que desde entonces no había vuelto a sonar el ajetreo de ninguna planta. Se dijo que seguramente habría sido una traición del viento, pero nada importante. Y justo cuando iba a continuar con su viaje, un arbusto se movió en frente de sus ojos. Dio un pequeño brinco del asombro, pero en seguida se recompuso y se acercó al arbusto. Entonces, otro matorral, a unos pocos metros, se empezó a sacudir, y luego otro y otro y otro… Anne ya no sabía a dónde mirar, ocurría demasiado rápido. Tenía la mirada mareada y no paraba de dar vueltas y mover los ojos por doquier, cuando algo saltó sobre ella. No podía creer lo que veía << ¡La misma cara que le había hechizado en el bosque! >> Fue sólo un segundo, pero la vio, ¡era la misma cara! No tenía ninguna duda. Aquel ser extraño comenzó a dar vueltas sobre ella, cada vez más rápido y más rápido, hasta que finalmente acabó encerrada en la boca de un pequeño tornado. El pelo se le agitaba hacia todos los lados, los mechones se le metían en los ojos y por la boca; el vestido se le subía y se retorcía en su tronco. Intentaba protegerse la cara y el busto con los brazos, y se agachaba lo que la fuerza del tornado le permitía, flexionando las piernas. De repente el viento cesó, y cayó directa al suelo. La roca donde se postraba no era muy grande y tanto sus pies como sus manos se hundieron en el agua. Se levantó tan rápido como pudo, alejándose lo máximo posible de los bordes. Asustada, se palpaba el cuerpo, estaba temblando de la angustia, ni siquiera se había percatado del ser extraño que se alzaba frente a ella, mirándola con gesto curioso y risueño.

Cuando por fin lo descubrió, Anne no supo reaccionar. Su cuerpo se tensó como si unas cuerdas la estiraran tanto de arriba como de abajo, pasmada ante aquel ser insólito con cuernos redondeados, ojos divertidos, y dientes puntiagudos que le daban un aspecto malévolo. Los enseñaba al sonreír, y parecía que estuviera maquinando algo. Tenía las orejas puntiagudas, como las de los elfos o los duendes de los cuentos. En vez de piernas tenía patas peludas, con la punta del corvejón como las cabras o los caballos; y en lugar de pies tenía pezuñas. Anne ya había visto antes un ser con características similares en ilustraciones. Nunca las había tomado en serio porque siempre las había considerado fruto de la imaginación de la gente; pero ella ya había muerto, y en ese lugar la realidad podía ser muy distinta de la acostumbrada en vida, y lo que se mostraba frente a ella era realmente similar al demonio representado como una bestia con la morfología de una cabra. Cierto que los cuernos no eran tan grandes como los de una cabra, ni tan deformes o puntiagudos, y que su cabeza no era precisamente la de un carnero, pero no existía otra explicación: debía de ser el verdadero demonio en persona. Su cuerpo empezó a temblar mucho más intensamente que antes, los dientes le castañeaban, sentía angustia y un sudor frío le caía por la espina dorsal. Quería correr, pero estaba tan aterrada que las piernas no le respondían. El ser seguía delante de ella, mirándola con un gesto de incomprensión.

– ¿Es que me tienes miedo?

– P… por… por favor – la voz se le apagaba al balbucear.

– ¿Por favor qué? – Le respondió a la vez que daba un paso hacia delante y enfocaba su oreja derecha hacia sus labios, intentando entenderla mejor.

– No… me haga… no me haga… daño… - No conseguía reunir fuerzas para hablar claramente.

– ¿Daño? – Repetía aquel ser, incrédulo ante aquella súplica. No le dio tiempo a Anne a reaccionar cuando el siniestro individuo con cuernos le propinó un golpe en la cabeza con el puño cerrado como si fuera una maza. Anne contestó instintivamente con un alarido a la vez que se cubría el golpe con sus manos.
– Dime, ¿te ha dolido?

– Sí… sí… - lloriqueaba Anne. El atacante le agarró las manos y las separó de la cabeza de la chica de un solo estirón.

– No me vengas con tonterías, ¿En serio me estás diciendo que te ha dolido? ¿Es dolor lo que estás notando ahora mismo? – Anne reparó en aquellas palabras, y analizó dubitativamente qué era lo que estaba experimentando. Se dio cuenta que, como bien decía aquel ser demoniaco, no sentía dolor. Es más, el dolor dejó de sentirse en el momento en que analizó si le dolía. << ¿Cómo podía ser eso? >> se asombraba.

– ¿C… cómo? No me duele... – Se decía a sí misma extrañada.

– Pues claro que no, ¡Es imposible! – Le gritaba enfadado mientras Anne volvía a protegerse la cabeza con las manos, a la vez que le daba la espalda, asustada, de forma instintiva. - ¡Qué cantidad de tonterías tengo que oír siempre, maldita sea! – Farfullaba el extraño, mientras se alejaba de Anne flotando por el agua, cuando de repente se paró. Había cesado de maldecir y volvía a sumergirse en sus pensamientos, como si tramara algo de nuevo. – La cosa es… ¿por qué has creído que te iba a hacer daño? – volvió a girarse hacia ella, y se acercaba a paso ligero mientras le seguía hablando – Es que… Eres humano, ¿no? Estoy intentando enlazar toda la información que tengo de tu especie, pero ahora mismo tengo un cacao en la cabeza, ¿sabes? – Agitaba los brazos alrededor de las orejas mientras se explicaba. - Y me está costando un poco llegar a una respuesta… Así que ¿por qué no me ayudas? – No se paraba ni un instante, iba de un lugar a otro, siempre dirigiéndose a Anne, mientras cavilaba.

– Esto… creía que… ¿no…? ¿no estoy en el infierno? – El personaje de los cuernos se quedó mirando fijamente a Anne, con la boca abierta y las cejas encorvadas. Su mirada estuvo paralizada durante pocos segundos, aunque a Anne se le hicieron eternos. Después de oírle berrear mordazmente prácticamente desde que había aparecido, ya no le daba la impresión de que tuviera que ser peligroso, pero, aún así, todavía no sabía cómo actuar ante peculiar ser. Súbitamente, la expresión del desconocido se iluminó abriendo por completo los ojos.

– ¡Eso es! ¡La religión! Sois una especie con religión. ¡Claro! ¡No había caído! Crees que soy uno de esos demonios perversos, ¿no? – gesticulaba con las manos y la cara, imitando a alguna clase de criatura escurridiza. – ¡Que estás en el infierno! – Volvía a tener los ojos abiertos como platos, y su boca esbozaba una sonrisa tan amplia que dejaba ver perfectamente aquellos dientes puntiagudos que le producían escalofríos. Sin embargo, cuando se fijaba en la expresión de sus ojos, había algo en él que le decía que no era más que un ser inofensivo celebrando la resolución de un acertijo. – ¡No soy un demonio! – le respondió éste a carcajada limpia y con los ojos cerrados. Pero entonces, de sopetón, la risa se le ensordeció y se le abrieron los ojos, como si acabara de visualizar algo. – Pero espera, tampoco soy un ángel, no te equivoques. – Anne estaba muy confusa.

– ¿Qué… qué eres? ¿dónde estoy? – Parecía que aquella pregunta había presionado un interruptor, alejando al individuo del ambiente jovial que estaba dando a la conversación.

– Ahhh… no… eso no funciona así conmigo. Las malditas preguntas se harán cuando yo esté satisfecho.

– ¿Cómo? No… entiendo. – Anne no sabía cómo contestar a eso.

– ¿Quieres respuestas? Entretenme.

– Pero… ¿cómo? No sé…

– ¿Cómo? ¿Cómo? – repetía el extraño en tono burlón– Parecías más interesante cuando estabas cabreado y te desahogabas con un prisionero de Kaitho. – Anne se sonrojó de la vergüenza, le había visto tirarle injustamente la piedra a ese pobre desdichado. Luego se preguntaba quién sería el tal Kaitho, pero los gritos del otro le desconcentraron de sus pensamientos – ¡Claro que no sabes cómo entretenerme, acabas de llegar! Simplemente tienes que hacer lo que yo te diga. ¿De acuerdo? – Tampoco tenía idea de cómo contestar a eso. Parecía alguien muy inestable, capaz de estar en un momento muy contento y al siguiente aborreciendo todo lo que le dijeran. Aquello no le generaba confianza alguna. Además << ¿y si le obligaba a hacer algo que no quería? ¿o si realmente era un demonio y pretendía engañarla? >> Pero allí estaba ella sola, perdida en mitad de una ciénaga sin fronteras, y sin otra opción que la que le brindaba aquel ser poco confiable.

– De acuerdo…

– ¡Muy bien! – exclamó jovialmente al saltar con sus patas de cabra. – Esto es lo que haremos: nos vamos a ir al Lago de Mahina a pescar deseos. Y como el camino hasta ahí es más bien largo y me has puesto de buen humor, si me haces las preguntas adecuadas, te contestaré.

Cogió la mano derecha de Anne y suavemente la empujó hacia el agua. Pero ella intentó resistirse. – ¿Por qué te intentas soltar? – Tengo miedo – Le contestó Anne mirando al agua. - ¿Miedo de qué? – Parecía que el otro no entendía muy bien de dónde procedía el recelo de la chica. – De la ciénaga, de las sombras. - ¿De Kaitho? No le tengas miedo, si tuvieras que acabar bajo las aguas del pantano, ya estarías sumergido. – Agarró a Anne por la cintura y suavemente le empujó hacia el agua con una sonrisa en su cara – Ven, ya verás cómo no te pasará nada, además, estás conmigo. No te caerás. – El cuerpo de Anne avanzó al unísono bajo el mando del insólito personaje. Su cuerpo flotaba por el agua, como lo había visto hacer a su acompañante. No entendía cómo ocurría aquel milagro, pero sabía que no era suerte, sino la voluntad de aquel ser fantástico. Observaba el agua estancada de la ciénaga bajo sus pies. Veía cómo pequeños peces emergían sus bocas en dirección a Anne y después la seguían. Eran todos pequeños, y brillaban con el reflejo de las algas, simulando luciérnagas submarinas. Alzó la vista y por fin divisó tierra firme, “¿cómo hemos podido llegar tan rápido si no se veía tierra desde ningún lugar?” se cuestionaba Anne. Pero de la felicidad que sintió, apretó su mano contra el brazo de su acompañante, y éste le respondió con una sonrisa. Desde lejos, aquello parecía la playa de una selva tropical. Estaba poblado de palmeras y toda clase de árboles y plantas que jamás había visto. Cuando finalmente pisaron la orilla, Anne salió despavorida a descubrir aquella flora tan maravillosa. Había girasoles tan grandes como su cabeza, con un tallo tan gordo como sus muñecas y lleno de escamas. Unas pequeñas ramificaciones se torcían y movían como si fueran brazos de un pulpo que, además, intentaban alcanzarla cuando se acercaba. También se topó con plantas sin pétalos, cuya flor era una extensión más ancha del tallo, la cual se cubría con hilos sedosos de colores morados, y que podían caer hasta casi el suelo. En el centro se encontraba el estambre, de un color amarillento, que se estiraba como los tentáculos de una medusa, pero estaban quietos como una estampa; y al final del tallo, se veía el bulbo de la planta, sobresaliendo de la tierra.

Si se dirigía un poco más al interior de la selva, descubría un inmenso campo de hongos y setas que se distribuían por toda clase de rocas mohosas. Algunas setas se veían muy comunes, pero otras eran tan grandes como la muchacha, con el pie casi tan ancho como el sombrero, y rallado a base de colores mohosos, mientras que el sombrero podía ser además liso o con lunares. También había flores cuya cabeza estaba compuesta sólo por el estambre, el cual radiaba hacia todos sus costados, en un diámetro tan grande como una mano abierta. Eran de colores rojos o morados, algunos también anaranjados, y su receptáculo era tan ancho como la cabeza y estaba cubierto de espinas de dos pulgadas de espesor. Había árboles finos como una serpiente, y otros tan anchos como un elefante. Algunos no superaban la altura de Anne y otros, en cambio, eran tan altos que no conseguía avistar su final. De algunos, además, colgaban frutos exóticos. Hubo uno que le llamó especialmente la atención, ya que de él brotaban semillas de café del tamaño de un coco. Quiso coger uno, pero la inseguridad le frenó.

El desconocido que le había llevado hasta allí se le apareció tras su hombro. – Te gusta, ¿verdad? – le dijo en un tono risueño. – Esto… esto es maravilloso, jamás había visto algo semejante, ¿qué es todo esto? ¿Dónde estamos? – Anne seguía atónita por el paisaje. – Estamos en la entrada trescientos cuarenta y tres. - ¿trescientos cuarenta y tres? – repitió Anne desconcertada. – Hay muchas entradas… - se limitó a contestar el ilustre personaje. Pero Anne estaba más perdida aún, << ¿cómo que la entrada trescientos lo que fuera? ¿La entrada de qué? >> 

– ¿Pero la entrada de qué? Esto no es la Tierra, ¿dónde estamos, a qué lugar pertenece esto? – Anne se impacientaba.

– Uff… esa pregunta no me gusta, tendrás que esmerarte más. –  << ¿Tendría que esmerarse más? ¿A santo de qué? ¿Por qué no podía responder a una pregunta tan sencilla? ¿Qué clase de criatura era ésta? >> – ¿Quién eres tú? – la chica atrevió a preguntarle.

– Habíamos hecho un trato, si la pregunta me gustaba, te contestaba, ¡y de momento no me están gustando tus preguntas! Así que piensa un poco qué me quieres preguntar…

– ¿Pero por qué no me quieres contestar?

– Pues mira, a eso sí te contestaré: porque me canso de responder siempre a las mismas preguntas. No eres el único nuevo inquilino al que tengo que explicarle toooodo lo mismo de siempre, ¿sabes? Así que si quieres que te cuente el mismo rollo de sieeeeeempreeeee… ¡Tendrás que ganártelo!

– Perdona, ¿has dicho nuevo inquilino?, ¿eso es lo que soy?

– ¿No te parece evidente? – le contestó sarcásticamente – Definitivamente los humanos no sois muy listos…

Nueva inquilina… se refería a los humanos como seres extraños… incluso inferiores a él… con eso ya sabía con certeza que estaba en un lugar extraño. Pero… no podía preguntarle dónde estaba, no le contestaría. Se preguntaba si sería el lugar al que se dirigían los muertos, en realidad era la respuesta más lógica… << ¿Por eso sería una nueva inquilina? ¿Un nuevo muerto que llegaba al lugar donde descansaban? >> Pero, de todos modos, no se sentía en paz consigo misma, como siempre aseguraban los creyentes que ocurría al morir, ¡ni mucho menos! Aún así, empezaba a unir cabos sueltos, y a hacerse una idea de cómo afrontar a ese peculiar personaje y sonsacarle la información que tanto le costaba compartir. Estaba claro que preguntas como “dónde estoy”, “qué va a ser de mí ahora”, “quién eres”, “qué vas a hacer conmigo”, serían las típicas que cualquier nuevo… inquilino se haría. Tenía que empezar por otro lugar…

–  La cosa es… me preguntaba si… tenías nombre. – el ser peculiar se le quedó mirando con cierta acritud.

–  ¿Que si tengo nombre? ¡Pues claro que tengo nombre! Y te advierto que aquí no deberías ir preguntando a la gente cómo se llama… pero tampoco te puedo culpar, al fin de cuentas eres un novato, y yo debería haberme presentado desde el principio. ¡Maldita sea! – Maldecía de nuevo hacia sus adentros, ignorando a Anne – Bueno… ¿qué más da? – Dijo en un suspiro de indiferencia – Me llamo Sophie, ¡encantado!

–  ¿Sophie? No… no te imaginaba mujer… creía que eras un hombre… digo un macho… vamos… bueno, no sé…

–  ¿Un qué? – Miraba a Anne extrañado, no parecía que entendiera muy bien lo que le estaba intentando decir. –  ¡Ah! ¡Ya veo! – Gritó mientras miraba hacia los cielos, como si acabara de caer en las palabras de la muchacha. – No, no, olvídate de eso. Eso es cosa de vosotros los humanos, ¿sabes?... y bueno, de muchas otras especies, pero no, a mí esta vez no me ha afectado. – Anne le miraba intrigada, no estaba comprendiendo nada, y el tal Sophie había leído perfectamente su mirada –   Ya sí, sí… que qué quiero decir con eso… –  decía pasivamente – Pero no te voy a explicar más, porque para eso tendría que contarte todo el rollo que no me apetece. ¡Eso ya llegará! De momento centrémonos en llegar al lago de Mahina. – Decía mientras le daba la espalda, para continuar el camino.

Desde que se habían adentrado en la selva, no habían vuelto a ver el cielo ni aquella maravillosa galaxia. La frondosidad de aquella jungla formaba un interminable techo de ramas, hojas y troncos. Prácticamente, durante todo el recorrido tuvieron que andar a trompicones sobre suelo barroso; además, la densidad del follaje era tal, que cada pocos pasos debían pelear con enredaderas que se les enganchaban  en el pelo y el ropaje, con ramas elásticas que pendían de los árboles y se enrollaban en sus extremidades, helechos altos que les imposibilitaban el paso, rocas musgosas que resbalaban, y multitud de otros obstáculos. Lo extraño era que por muy tortuoso que fuera el camino, y por mucho esfuerzo que le costara a la chica, Sophie no demostraba síntomas de fatiga en ningún momento. Cada vez que Anne le suplicaba que pararan a tomar aliento, Sophie se impacientaba y empezaba a bramar injurias sobre su persona. -¡Malditos novatos! ¿Por qué no pudisteis ser todos como nosotros?, ¡la vida sería mucho más fácil! – Berreó una de las veces. – Pero, ¿es que tú no te cansas, Sophie? – Pues claro que no, ¿qué sentido tiene cansarse aquí? ¡En mitad de la nada y alejado de todo! Vamos, levántate, no estás cansado. – Pero, sí que lo estoy, la verdad es que el senderismo nunca fue algo que me llamara la atención. -  ¿El senderismo? – Repitió Sophie atónito - ¡¿El senderismo?! – Anne notaba cómo la paciencia del la bestia híbrida se estaba agotando, parecía incluso que sus cuernos se volvieran puntiagudos. - ¡¿De qué narices me estás hablando?! ¡Aquí no te cansas, no tiene sentido! ¡Igual que no tiene sentido que sientas dolor! ¡Deja de decir sandeces y ponte a caminar! – Fue lo último que dijo antes de darle la espalda y acelerar el paso. 

– ¡Ya está bien! ¡No tengo por qué aguantar esto! – Explotó Anne. – No me quieres explicar nada, y aún así pretendes que sepa lo que debo o no hacer, ¡Y encima estoy cansada! ¡Digas lo que digas, estoy cansada! ¡Y no me pienso mover hasta haber descansado algo! ¡Me da igual lo impaciente que estés! ¡Ya estoy harta de tu mal humor! Si quieres vete tú solo a jugar a ese maldito juego, pero yo no me muevo de aquí.

No había acabado de berrear, y ya se estaba arrepintiendo de sus palabras, pero una vez había empezado, no tenía sentido frenarse, así que terminó por soltar toda la rabia que tenía dentro sin pensarlo. Pero una vez se calló, el silencio inundó el ambiente… y cada segundo que pasaba, más se arrepentía Anne de su impensado arrebato. Sophie le miraba sonriente, sin pronunciar palabra. No se movía ni un ápice, y eso a Anne le inquietaba. Por mucho que hubiera llegado a creer que no era más que un ser juguetón e inofensivo, en ese preciso instante le parecía más bien un ser frío y, por lo poco que sabía de él, podía ser perfectamente un psicópata sádico hasta la médula, qué sabía ella. El miedo le invadió, y con paso lento y trémulo, fue acercándose al tronco de un árbol monumental que se encontraba justo a su espalda. El individuo de los cuernos seguía sin moverse, a pesar de seguir los pasos de sus pies con la mirada. Su sonrisa no desaparecía y Anne seguía sin poder interpretar sus gestos.  Al final Sophie rompió el silencio.

– Vaya, vaya… no me esperaba una reacción así de ti, la verdad. Me ha sorprendido mucho, y gratamente. – Le susurró acercándose con el busto a Anne –  Por lo menos no eres un zombi sin cerebro – se contoneaba de un lugar a otro mientras hablaba, nunca se estaba quieto al hablar. – Ahora por lo menos sé que no me ha tocado un cobardica que está todo el rato “Por favor, por favor, no me haga daño, a dónde me lleva, yo no hice nada…” – Reproducía en tono de sátira. – No aguanto a esa gente… – Se quejaba entonces a sus alrededores, mientras arqueaba la cabeza entre sus hombros. – Y creía que me había tocado otro incordio de esos… – miró a Anne con la intención de pedir disculpas por aquella insolencia – es que como no parabas de parlotear como un llorica… pero supongo que al final era sólo un miedo pasajero…  ¡Menos mal! – dijo al final, sonriendo con la boca abierta, mostrando de nuevo sus aterradores dientes. – Está bien – dijo a la vez que se dejaba caer sobre una roca. – Descansaremos un rato, ya aprenderás a no cansarte.

Después se tumbó en el suelo de un salto, con los brazos entrecruzados tras su cabeza. Miraba a las alturas, sin cambiar palabra con la nueva inquilina. Anne se acercó a él, más relajada, y se sentó en la roca que acababa de abandonar Sophie. – Gracias – Dijo simplemente. – Sí, bueno, ya me dirás cuándo quieres reanudar la marcha. – Contestó el personaje sin siquiera mirarla. Entonces Anne se dejó caer al suelo, arrastrándose por la roca, hasta que su espalda se quedó apoyada en ésta. Observaba al peculiar personaje que se encontraba a su lado, cómo balanceaba la pierna derecha, doblada sobre la izquierda, mientras miraba a las alturas, aunque nada en particular. – Pero esto no significa que no podamos hablar. – Comentó la chica. Sophie giró la cabeza para mirarla – Bueno, ¿y de qué quieres hablar? – ¿De qué quieres hablar tú? – Le contestó Anne con una sonrisa. – Está claro que sólo podemos hablar de lo que tú quieras, así que por qué no me dices tú de qué quieres hablar. – Al extraño pareció divertirle la propuesta. – Está bien, en ese caso… ¿cómo moriste? – A Anne le vino por sorpresa, lo cierto era que no se esperaba que le preguntaran por algo así, tan de imprevisto. Y no sólo eso, sino que todavía albergaba una pequeña esperanza de que en realidad no estuviera muerta. Al fin y al cabo se notaba tan viva… pero después de esto, no había duda alguna, estaba muerta estuviera donde estuviera…

– Fue un accidente de tráfico… un borracho… se me tiró encima. – Era la primera vez que hablaba sobre el accidente, se sorprendió ella misma de lo que le costaba compartirlo abiertamente con alguien.

– ¿Me estás diciendo que fuiste víctima de un accidente de tráfico?, ¿es eso? – Sophie parecía interesado e intrigado.

– Sí, así es… – Anne tenía la cabeza agachada, le ruborizaba hablar tan tranquilamente sobre el tema.

– ¿Y no fue culpa tuya? ¿fue… me estás diciendo que la culpa fue del otro conductor?, ¿es eso?

– Sí… – por mucho que Sophie estuviera interesado en las circunstancias del accidente, y obviara el hecho de que Anne estaba traumatizada, no conseguía ayudar al extasiado ánimo de la chica.

– Ya veo… interesante, interesante… – el desconcertante personaje volvía a indagar en sus pensamientos, ausente. – ¿Y sabes qué fue del otro conductor? ¿murió también?

– En el acto. – El hombre con cuernos le miró con gesto de satisfacción, incluso exhaló una tímida risa de gozo.

– ¿Qué más, qué más? Dime, ¿qué fue de él? – Sophie se estaba incorporando a cuatro patas, con las manos y las rodillas apoyadas en el suelo, mirando fijamente a Anne. Éste no podía evitar mostrar una sonrisa de complacencia, y los globos oculares volvían a abrirse paso entre sus párpados.

– Lo cierto es que… parecía dormido… o inconsciente, no lo sé. Cuando me fui no reparé en él. – Anne estaba aturdida. – Sé que hice mal… pero ¡Se lo merecía! Me mató, ¡Él me mató! No quería ayudarle, ¡no tenía por qué ayudarle! – la muchacha estaba asustada, << ¿Era por eso por lo que podría haber acabado en el infierno? ¿Había obrado mal, aun siendo el culpable de su muerte? >> Tenía miedo de la respuesta.

– No, no tenías por qué. Es más, no podías ayudarle por mucho que hubieses querido. Estaba condenado. – Los ojos del demoniaco acompañante se mostraban serenos, pero su sonrisa, aunque discreta, demostraba claramente su alegría. – ¿Sabes qué? Me gustas, hay un gran potencial en ti hibernando que pronto despertará. Y eso ya te lo puedo asegurar por lo que me acabas de contar. – Los grotescos dientes volvían a brillar entre sus labios risueños. – Y estaré encantado de guiarte hacia la meta. Vaaaya que sí… – Murmuró en un tono malévolo. Un mal presentimiento recorrió el cuerpo de Anne. Algo le decía que había metido la pata al confiarle todo aquello.