**Genia: elemento compositivo que significa “origen”, “principio de algo”.**

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jueves, 15 de septiembre de 2011

4. EL EXTRAÑO ACOMPAÑANTE



No era capaz de imaginar cómo había ido a parar a un lugar tan siniestro. Lo último que recordaba era la aparición resplandeciente de aquellos ojos penetrantes que le hundieron en el pánico. Intentaba reorganizar sus ideas y acordarse de lo que había ocurrido en el bosque, pues estaba claro que ya no se encontraba en él. Sobre ella se tendía un cielo azulado, con una galaxia espiral de tonos rojizos, repleta de estrellas, y tan nítida a la vista que daba la impresión de estar tan cerca de ella como lo estaba la luna de la Tierra. Además, delante de ella se hallaba una ciénaga sin par. No hacía falta que nadie se lo corroborara, aquel lugar no era la Tierra. Un sinfín de preguntas se le planteaba a la vez. << ¿Estaba en otro planeta?, ¿En un mundo paralelo?, ¿En el cielo?...>> Pero era imposible dar respuesta a ninguna de ellas.

Aquella ciénaga estaba repleta de elementos extraordinarios. Por toda ella sobresalían pequeñas isletas de piedra, algunas tan pequeñas como para sólo posarse de pie, y otras de varios metros cuadrados de extensión. La flora que ahí se albergaba parecía submarina. Por todas partes se extendían unas extrañas algas del tamaño y altura de un matorral. Parecían blandas, pero aún así se mantenían erguidas; las frondas eran tan anchas como un arbusto, todas con un perfil curvilíneo, continuamente ondulante, y llenas de agujeros circulares perfectos; podían ser de colores verdosos, o turquesa, e incluso algunas azules al reflejo del agua. También se hallaban unas peculiares enredaderas que no dependían de un soporte para poder expandirse, sino que usaban su propio tallo como tal. Algunas, incluso, sobrepasaban en varios metros a las algas. Sus colores eran muy dispares, desde color plata, a verde, celeste, morado, rojo… pero su configuración, en cambio, siempre se repetía: pequeñas ramas no más anchas que un pulgar, cubiertas de anillos negros a lo largo de todo su tallo, y con formas de espirales que se enredaban y se retorcían entre sí, como si se estuvieran estrangulando, dando lugar a un escenario en ocasiones escalofriante.

El pantano era de un azul chillón, muy diferente al verdoso de las aguas estancadas que siempre había visto. Ni siquiera los mares tenían un azul tan intenso. Dentro de él se divisaban algas más pequeñas y con formas similares a las conocidas, pero de todos los colores, al igual que las enredaderas. Lo más enigmático para Anne fue descubrir unas sombras que se asomaban y se esfumaban a voluntad. Eran siluetas de seres extraños, algunos semejantes entre sí, otros completamente dispares, pero todos oscuros y escurridizos. Sus cuerpos se estremecían continuamente y sus miradas estaban acongojadas,  Anne tenía la impresión de que sus amagos de aparición eran intentos de escapada, como si estuvieran atrapados. No se atrevía a poner un pie sobre aquellas aguas… “Pero… ¿Cómo?” musitó Anne, << ¿Se estaba posando en una isleta con sus pies? >> Al mismo tiempo que reparaba en ello, sacudía las piernas como acto reflejo. De nuevo podía moverlas y andar como una persona. Alzó la vista desconcertada, mirando a todas partes, mientras se preguntaba “¿Dónde narices estoy?”. Acto seguido se tocaba las piernas, agitada y pasmada, a esperas de entender qué le ocurría. Se sentía como siempre, como si tuviera de nuevo piel, músculos, órganos y vida… Una sensación que creía que no volvería a sentir jamás. Sin remedio alguno se le escapaban risas de alegría y desahogo, incluso alguna lágrima se le derramaba por las mejillas, pero ya no se le disolvían como le ocurrió en su estado fantasmal.

En uno de los ataques de risa, se agachó apretándose el estómago para mermar los pinchazos de dolor. Las lágrimas se le caían sin cesar mientras seguía riéndose a carcajada limpia. Se limpiaba las mejillas y se frotaba los párpados intentando frenar los lagrimones, que poco a poco se fueron secando a la vez que se tranquilizaba. Abrió los ojos y se topó consigo misma, encorvada, reflejada en el agua de la ciénaga. Llevaba las mismas prendas que en su último día con vida. Ya ni se acordaba de ello, ni si quiera tenía la certeza absoluta de haber estado flotando por el bosque con aquel vestido. << ¿Cómo podía haberse pasado tanto tiempo deambulando sin reparar ni una sola vez en aquella nimiedad? >>. Además, el vestido se encontraba en perfecto estado, como si el accidente nunca hubiera ocurrido. Era uno de sus vestidos favoritos, se lo solía poner cuando tenía una cita especial con Adam y quería verse espléndida. Se trataba de un vestido de crespón, de un color rojo intenso, que le llegaba hasta la mitad de sus muslos, holgado desde el pecho,  con tirantes finos y sin cuello, como un palabra de honor. En el centro del pecho, se agrupaban unas arrugas verticales que fingían ser un trozo de tela que se metía en el escote. Se alegraba de haberse puesto ese vestido el día del accidente.

Anne meditaba: si el vestido estaba intacto, era imposible seguir viva…, aquello debía de ser fruto de su imaginación. Quizá había subido al cielo, donde  uno se mostraba tal cual se acordaba. << Pero ¿Acaso en el cielo había almas en pena, como las que ella podía ver retorciéndose en la ciénaga? ¿Podría ser que hubiera acabado en el infierno? … >>.  La mera posibilidad le paralizó los nervios. << ¿En el infierno? ¿Y por qué? >> No creía que durante su vida hubiera sido una persona cruel, ni que sus actos pudieran ser castigados hasta tal punto. Había sido tan egoísta y generosa como cualquiera, sin destacar en ningún punto, y, que ella supiera, nadie le había considerado mala persona. Además, << ¡Ni siquiera había sido su culpa! ¡Le habían atropellado injustamente! ¡Y encima se sentía igual de viva que antes! ¿Cómo narices iba a estar muerta si se sentía viva? ¿Qué demonios estaba ocurriendo? >>. Empezaba a enojarse con el entorno, como si aquel lugar tuviera la culpa de su supuesta desdicha. En un arrebato, cogió una piedra y la tiró a la cara de una sombra que casualmente se le apareció cerca de ella. El alma se escabulló cual pez huidizo, en cuanto fue alcanzada. No tuvo ni que desaparecer por completo la sombra para que Anne se arrepintiera de su acto de delirio. Aquella alma en pena no tenía suficiente con su macabro destino, que además debía sufrir los cabreos repentinos de una idiota. Se avergonzaba de sí misma. Asqueada ya por todo lo que le rodeaba, decidió emprender la marcha hacia otro lugar, con la esperanza de encontrar respuestas y así tranquilizar su ánimo.

La única manera de moverse era saltar de piedra en piedra, no se divisaba tierra firme por ningún lugar. Sin embargo, tenía miedo de lanzarse torpemente y caer en el agua, pues le asustaba la idea de quedarse atrapada como aquellas sombras. Intentaba saltar siempre sobre rocas cercanas que le suscitaran confianza, a poder ser, que no le obligaran si quiera a saltar, sólo a extender la pierna. Había dado sólo unos pocos pasos cuando comenzó a escuchar un ajetreo en los matorrales que dejaba a sus espaldas. A veces lo escuchaba por la derecha, y otras por la izquierda, pero siempre cerca de ella. << ¿Y si la estaban siguiendo?>> se preguntaba. Las sensaciones se le entremezclaban, no podía  evitar sentir miedo a la vez que emoción. << ¿Significaba eso que ya no estaba sola?>>

– ¿Quién anda ahí? – Rompió por fin el silencio.

Pero nada ocurría. No oía ninguna respuesta, ni siquiera se meneaban los matorrales como hacían meros instantes atrás. Daba vueltas sobre sí misma, intentando atisbar algo, pero todo seguía en calma. Se acercaba a los sotos, y con las manos inspeccionaba entre las frondas. Después miraba detrás de éstos, por si encontraba algo. Así estuvo durante un rato, pero lo cierto era que desde entonces no había vuelto a sonar el ajetreo de ninguna planta. Se dijo que seguramente habría sido una traición del viento, pero nada importante. Y justo cuando iba a continuar con su viaje, un arbusto se movió en frente de sus ojos. Dio un pequeño brinco del asombro, pero en seguida se recompuso y se acercó al arbusto. Entonces, otro matorral, a unos pocos metros, se empezó a sacudir, y luego otro y otro y otro… Anne ya no sabía a dónde mirar, ocurría demasiado rápido. Tenía la mirada mareada y no paraba de dar vueltas y mover los ojos por doquier, cuando algo saltó sobre ella. No podía creer lo que veía << ¡La misma cara que le había hechizado en el bosque! >> Fue sólo un segundo, pero la vio, ¡era la misma cara! No tenía ninguna duda. Aquel ser extraño comenzó a dar vueltas sobre ella, cada vez más rápido y más rápido, hasta que finalmente acabó encerrada en la boca de un pequeño tornado. El pelo se le agitaba hacia todos los lados, los mechones se le metían en los ojos y por la boca; el vestido se le subía y se retorcía en su tronco. Intentaba protegerse la cara y el busto con los brazos, y se agachaba lo que la fuerza del tornado le permitía, flexionando las piernas. De repente el viento cesó, y cayó directa al suelo. La roca donde se postraba no era muy grande y tanto sus pies como sus manos se hundieron en el agua. Se levantó tan rápido como pudo, alejándose lo máximo posible de los bordes. Asustada, se palpaba el cuerpo, estaba temblando de la angustia, ni siquiera se había percatado del ser extraño que se alzaba frente a ella, mirándola con gesto curioso y risueño.

Cuando por fin lo descubrió, Anne no supo reaccionar. Su cuerpo se tensó como si unas cuerdas la estiraran tanto de arriba como de abajo, pasmada ante aquel ser insólito con cuernos redondeados, ojos divertidos, y dientes puntiagudos que le daban un aspecto malévolo. Los enseñaba al sonreír, y parecía que estuviera maquinando algo. Tenía las orejas puntiagudas, como las de los elfos o los duendes de los cuentos. En vez de piernas tenía patas peludas, con la punta del corvejón como las cabras o los caballos; y en lugar de pies tenía pezuñas. Anne ya había visto antes un ser con características similares en ilustraciones. Nunca las había tomado en serio porque siempre las había considerado fruto de la imaginación de la gente; pero ella ya había muerto, y en ese lugar la realidad podía ser muy distinta de la acostumbrada en vida, y lo que se mostraba frente a ella era realmente similar al demonio representado como una bestia con la morfología de una cabra. Cierto que los cuernos no eran tan grandes como los de una cabra, ni tan deformes o puntiagudos, y que su cabeza no era precisamente la de un carnero, pero no existía otra explicación: debía de ser el verdadero demonio en persona. Su cuerpo empezó a temblar mucho más intensamente que antes, los dientes le castañeaban, sentía angustia y un sudor frío le caía por la espina dorsal. Quería correr, pero estaba tan aterrada que las piernas no le respondían. El ser seguía delante de ella, mirándola con un gesto de incomprensión.

– ¿Es que me tienes miedo?

– P… por… por favor – la voz se le apagaba al balbucear.

– ¿Por favor qué? – Le respondió a la vez que daba un paso hacia delante y enfocaba su oreja derecha hacia sus labios, intentando entenderla mejor.

– No… me haga… no me haga… daño… - No conseguía reunir fuerzas para hablar claramente.

– ¿Daño? – Repetía aquel ser, incrédulo ante aquella súplica. No le dio tiempo a Anne a reaccionar cuando el siniestro individuo con cuernos le propinó un golpe en la cabeza con el puño cerrado como si fuera una maza. Anne contestó instintivamente con un alarido a la vez que se cubría el golpe con sus manos.
– Dime, ¿te ha dolido?

– Sí… sí… - lloriqueaba Anne. El atacante le agarró las manos y las separó de la cabeza de la chica de un solo estirón.

– No me vengas con tonterías, ¿En serio me estás diciendo que te ha dolido? ¿Es dolor lo que estás notando ahora mismo? – Anne reparó en aquellas palabras, y analizó dubitativamente qué era lo que estaba experimentando. Se dio cuenta que, como bien decía aquel ser demoniaco, no sentía dolor. Es más, el dolor dejó de sentirse en el momento en que analizó si le dolía. << ¿Cómo podía ser eso? >> se asombraba.

– ¿C… cómo? No me duele... – Se decía a sí misma extrañada.

– Pues claro que no, ¡Es imposible! – Le gritaba enfadado mientras Anne volvía a protegerse la cabeza con las manos, a la vez que le daba la espalda, asustada, de forma instintiva. - ¡Qué cantidad de tonterías tengo que oír siempre, maldita sea! – Farfullaba el extraño, mientras se alejaba de Anne flotando por el agua, cuando de repente se paró. Había cesado de maldecir y volvía a sumergirse en sus pensamientos, como si tramara algo de nuevo. – La cosa es… ¿por qué has creído que te iba a hacer daño? – volvió a girarse hacia ella, y se acercaba a paso ligero mientras le seguía hablando – Es que… Eres humano, ¿no? Estoy intentando enlazar toda la información que tengo de tu especie, pero ahora mismo tengo un cacao en la cabeza, ¿sabes? – Agitaba los brazos alrededor de las orejas mientras se explicaba. - Y me está costando un poco llegar a una respuesta… Así que ¿por qué no me ayudas? – No se paraba ni un instante, iba de un lugar a otro, siempre dirigiéndose a Anne, mientras cavilaba.

– Esto… creía que… ¿no…? ¿no estoy en el infierno? – El personaje de los cuernos se quedó mirando fijamente a Anne, con la boca abierta y las cejas encorvadas. Su mirada estuvo paralizada durante pocos segundos, aunque a Anne se le hicieron eternos. Después de oírle berrear mordazmente prácticamente desde que había aparecido, ya no le daba la impresión de que tuviera que ser peligroso, pero, aún así, todavía no sabía cómo actuar ante peculiar ser. Súbitamente, la expresión del desconocido se iluminó abriendo por completo los ojos.

– ¡Eso es! ¡La religión! Sois una especie con religión. ¡Claro! ¡No había caído! Crees que soy uno de esos demonios perversos, ¿no? – gesticulaba con las manos y la cara, imitando a alguna clase de criatura escurridiza. – ¡Que estás en el infierno! – Volvía a tener los ojos abiertos como platos, y su boca esbozaba una sonrisa tan amplia que dejaba ver perfectamente aquellos dientes puntiagudos que le producían escalofríos. Sin embargo, cuando se fijaba en la expresión de sus ojos, había algo en él que le decía que no era más que un ser inofensivo celebrando la resolución de un acertijo. – ¡No soy un demonio! – le respondió éste a carcajada limpia y con los ojos cerrados. Pero entonces, de sopetón, la risa se le ensordeció y se le abrieron los ojos, como si acabara de visualizar algo. – Pero espera, tampoco soy un ángel, no te equivoques. – Anne estaba muy confusa.

– ¿Qué… qué eres? ¿dónde estoy? – Parecía que aquella pregunta había presionado un interruptor, alejando al individuo del ambiente jovial que estaba dando a la conversación.

– Ahhh… no… eso no funciona así conmigo. Las malditas preguntas se harán cuando yo esté satisfecho.

– ¿Cómo? No… entiendo. – Anne no sabía cómo contestar a eso.

– ¿Quieres respuestas? Entretenme.

– Pero… ¿cómo? No sé…

– ¿Cómo? ¿Cómo? – repetía el extraño en tono burlón– Parecías más interesante cuando estabas cabreado y te desahogabas con un prisionero de Kaitho. – Anne se sonrojó de la vergüenza, le había visto tirarle injustamente la piedra a ese pobre desdichado. Luego se preguntaba quién sería el tal Kaitho, pero los gritos del otro le desconcentraron de sus pensamientos – ¡Claro que no sabes cómo entretenerme, acabas de llegar! Simplemente tienes que hacer lo que yo te diga. ¿De acuerdo? – Tampoco tenía idea de cómo contestar a eso. Parecía alguien muy inestable, capaz de estar en un momento muy contento y al siguiente aborreciendo todo lo que le dijeran. Aquello no le generaba confianza alguna. Además << ¿y si le obligaba a hacer algo que no quería? ¿o si realmente era un demonio y pretendía engañarla? >> Pero allí estaba ella sola, perdida en mitad de una ciénaga sin fronteras, y sin otra opción que la que le brindaba aquel ser poco confiable.

– De acuerdo…

– ¡Muy bien! – exclamó jovialmente al saltar con sus patas de cabra. – Esto es lo que haremos: nos vamos a ir al Lago de Mahina a pescar deseos. Y como el camino hasta ahí es más bien largo y me has puesto de buen humor, si me haces las preguntas adecuadas, te contestaré.

Cogió la mano derecha de Anne y suavemente la empujó hacia el agua. Pero ella intentó resistirse. – ¿Por qué te intentas soltar? – Tengo miedo – Le contestó Anne mirando al agua. - ¿Miedo de qué? – Parecía que el otro no entendía muy bien de dónde procedía el recelo de la chica. – De la ciénaga, de las sombras. - ¿De Kaitho? No le tengas miedo, si tuvieras que acabar bajo las aguas del pantano, ya estarías sumergido. – Agarró a Anne por la cintura y suavemente le empujó hacia el agua con una sonrisa en su cara – Ven, ya verás cómo no te pasará nada, además, estás conmigo. No te caerás. – El cuerpo de Anne avanzó al unísono bajo el mando del insólito personaje. Su cuerpo flotaba por el agua, como lo había visto hacer a su acompañante. No entendía cómo ocurría aquel milagro, pero sabía que no era suerte, sino la voluntad de aquel ser fantástico. Observaba el agua estancada de la ciénaga bajo sus pies. Veía cómo pequeños peces emergían sus bocas en dirección a Anne y después la seguían. Eran todos pequeños, y brillaban con el reflejo de las algas, simulando luciérnagas submarinas. Alzó la vista y por fin divisó tierra firme, “¿cómo hemos podido llegar tan rápido si no se veía tierra desde ningún lugar?” se cuestionaba Anne. Pero de la felicidad que sintió, apretó su mano contra el brazo de su acompañante, y éste le respondió con una sonrisa. Desde lejos, aquello parecía la playa de una selva tropical. Estaba poblado de palmeras y toda clase de árboles y plantas que jamás había visto. Cuando finalmente pisaron la orilla, Anne salió despavorida a descubrir aquella flora tan maravillosa. Había girasoles tan grandes como su cabeza, con un tallo tan gordo como sus muñecas y lleno de escamas. Unas pequeñas ramificaciones se torcían y movían como si fueran brazos de un pulpo que, además, intentaban alcanzarla cuando se acercaba. También se topó con plantas sin pétalos, cuya flor era una extensión más ancha del tallo, la cual se cubría con hilos sedosos de colores morados, y que podían caer hasta casi el suelo. En el centro se encontraba el estambre, de un color amarillento, que se estiraba como los tentáculos de una medusa, pero estaban quietos como una estampa; y al final del tallo, se veía el bulbo de la planta, sobresaliendo de la tierra.

Si se dirigía un poco más al interior de la selva, descubría un inmenso campo de hongos y setas que se distribuían por toda clase de rocas mohosas. Algunas setas se veían muy comunes, pero otras eran tan grandes como la muchacha, con el pie casi tan ancho como el sombrero, y rallado a base de colores mohosos, mientras que el sombrero podía ser además liso o con lunares. También había flores cuya cabeza estaba compuesta sólo por el estambre, el cual radiaba hacia todos sus costados, en un diámetro tan grande como una mano abierta. Eran de colores rojos o morados, algunos también anaranjados, y su receptáculo era tan ancho como la cabeza y estaba cubierto de espinas de dos pulgadas de espesor. Había árboles finos como una serpiente, y otros tan anchos como un elefante. Algunos no superaban la altura de Anne y otros, en cambio, eran tan altos que no conseguía avistar su final. De algunos, además, colgaban frutos exóticos. Hubo uno que le llamó especialmente la atención, ya que de él brotaban semillas de café del tamaño de un coco. Quiso coger uno, pero la inseguridad le frenó.

El desconocido que le había llevado hasta allí se le apareció tras su hombro. – Te gusta, ¿verdad? – le dijo en un tono risueño. – Esto… esto es maravilloso, jamás había visto algo semejante, ¿qué es todo esto? ¿Dónde estamos? – Anne seguía atónita por el paisaje. – Estamos en la entrada trescientos cuarenta y tres. - ¿trescientos cuarenta y tres? – repitió Anne desconcertada. – Hay muchas entradas… - se limitó a contestar el ilustre personaje. Pero Anne estaba más perdida aún, << ¿cómo que la entrada trescientos lo que fuera? ¿La entrada de qué? >> 

– ¿Pero la entrada de qué? Esto no es la Tierra, ¿dónde estamos, a qué lugar pertenece esto? – Anne se impacientaba.

– Uff… esa pregunta no me gusta, tendrás que esmerarte más. –  << ¿Tendría que esmerarse más? ¿A santo de qué? ¿Por qué no podía responder a una pregunta tan sencilla? ¿Qué clase de criatura era ésta? >> – ¿Quién eres tú? – la chica atrevió a preguntarle.

– Habíamos hecho un trato, si la pregunta me gustaba, te contestaba, ¡y de momento no me están gustando tus preguntas! Así que piensa un poco qué me quieres preguntar…

– ¿Pero por qué no me quieres contestar?

– Pues mira, a eso sí te contestaré: porque me canso de responder siempre a las mismas preguntas. No eres el único nuevo inquilino al que tengo que explicarle toooodo lo mismo de siempre, ¿sabes? Así que si quieres que te cuente el mismo rollo de sieeeeeempreeeee… ¡Tendrás que ganártelo!

– Perdona, ¿has dicho nuevo inquilino?, ¿eso es lo que soy?

– ¿No te parece evidente? – le contestó sarcásticamente – Definitivamente los humanos no sois muy listos…

Nueva inquilina… se refería a los humanos como seres extraños… incluso inferiores a él… con eso ya sabía con certeza que estaba en un lugar extraño. Pero… no podía preguntarle dónde estaba, no le contestaría. Se preguntaba si sería el lugar al que se dirigían los muertos, en realidad era la respuesta más lógica… << ¿Por eso sería una nueva inquilina? ¿Un nuevo muerto que llegaba al lugar donde descansaban? >> Pero, de todos modos, no se sentía en paz consigo misma, como siempre aseguraban los creyentes que ocurría al morir, ¡ni mucho menos! Aún así, empezaba a unir cabos sueltos, y a hacerse una idea de cómo afrontar a ese peculiar personaje y sonsacarle la información que tanto le costaba compartir. Estaba claro que preguntas como “dónde estoy”, “qué va a ser de mí ahora”, “quién eres”, “qué vas a hacer conmigo”, serían las típicas que cualquier nuevo… inquilino se haría. Tenía que empezar por otro lugar…

–  La cosa es… me preguntaba si… tenías nombre. – el ser peculiar se le quedó mirando con cierta acritud.

–  ¿Que si tengo nombre? ¡Pues claro que tengo nombre! Y te advierto que aquí no deberías ir preguntando a la gente cómo se llama… pero tampoco te puedo culpar, al fin de cuentas eres un novato, y yo debería haberme presentado desde el principio. ¡Maldita sea! – Maldecía de nuevo hacia sus adentros, ignorando a Anne – Bueno… ¿qué más da? – Dijo en un suspiro de indiferencia – Me llamo Sophie, ¡encantado!

–  ¿Sophie? No… no te imaginaba mujer… creía que eras un hombre… digo un macho… vamos… bueno, no sé…

–  ¿Un qué? – Miraba a Anne extrañado, no parecía que entendiera muy bien lo que le estaba intentando decir. –  ¡Ah! ¡Ya veo! – Gritó mientras miraba hacia los cielos, como si acabara de caer en las palabras de la muchacha. – No, no, olvídate de eso. Eso es cosa de vosotros los humanos, ¿sabes?... y bueno, de muchas otras especies, pero no, a mí esta vez no me ha afectado. – Anne le miraba intrigada, no estaba comprendiendo nada, y el tal Sophie había leído perfectamente su mirada –   Ya sí, sí… que qué quiero decir con eso… –  decía pasivamente – Pero no te voy a explicar más, porque para eso tendría que contarte todo el rollo que no me apetece. ¡Eso ya llegará! De momento centrémonos en llegar al lago de Mahina. – Decía mientras le daba la espalda, para continuar el camino.

Desde que se habían adentrado en la selva, no habían vuelto a ver el cielo ni aquella maravillosa galaxia. La frondosidad de aquella jungla formaba un interminable techo de ramas, hojas y troncos. Prácticamente, durante todo el recorrido tuvieron que andar a trompicones sobre suelo barroso; además, la densidad del follaje era tal, que cada pocos pasos debían pelear con enredaderas que se les enganchaban  en el pelo y el ropaje, con ramas elásticas que pendían de los árboles y se enrollaban en sus extremidades, helechos altos que les imposibilitaban el paso, rocas musgosas que resbalaban, y multitud de otros obstáculos. Lo extraño era que por muy tortuoso que fuera el camino, y por mucho esfuerzo que le costara a la chica, Sophie no demostraba síntomas de fatiga en ningún momento. Cada vez que Anne le suplicaba que pararan a tomar aliento, Sophie se impacientaba y empezaba a bramar injurias sobre su persona. -¡Malditos novatos! ¿Por qué no pudisteis ser todos como nosotros?, ¡la vida sería mucho más fácil! – Berreó una de las veces. – Pero, ¿es que tú no te cansas, Sophie? – Pues claro que no, ¿qué sentido tiene cansarse aquí? ¡En mitad de la nada y alejado de todo! Vamos, levántate, no estás cansado. – Pero, sí que lo estoy, la verdad es que el senderismo nunca fue algo que me llamara la atención. -  ¿El senderismo? – Repitió Sophie atónito - ¡¿El senderismo?! – Anne notaba cómo la paciencia del la bestia híbrida se estaba agotando, parecía incluso que sus cuernos se volvieran puntiagudos. - ¡¿De qué narices me estás hablando?! ¡Aquí no te cansas, no tiene sentido! ¡Igual que no tiene sentido que sientas dolor! ¡Deja de decir sandeces y ponte a caminar! – Fue lo último que dijo antes de darle la espalda y acelerar el paso. 

– ¡Ya está bien! ¡No tengo por qué aguantar esto! – Explotó Anne. – No me quieres explicar nada, y aún así pretendes que sepa lo que debo o no hacer, ¡Y encima estoy cansada! ¡Digas lo que digas, estoy cansada! ¡Y no me pienso mover hasta haber descansado algo! ¡Me da igual lo impaciente que estés! ¡Ya estoy harta de tu mal humor! Si quieres vete tú solo a jugar a ese maldito juego, pero yo no me muevo de aquí.

No había acabado de berrear, y ya se estaba arrepintiendo de sus palabras, pero una vez había empezado, no tenía sentido frenarse, así que terminó por soltar toda la rabia que tenía dentro sin pensarlo. Pero una vez se calló, el silencio inundó el ambiente… y cada segundo que pasaba, más se arrepentía Anne de su impensado arrebato. Sophie le miraba sonriente, sin pronunciar palabra. No se movía ni un ápice, y eso a Anne le inquietaba. Por mucho que hubiera llegado a creer que no era más que un ser juguetón e inofensivo, en ese preciso instante le parecía más bien un ser frío y, por lo poco que sabía de él, podía ser perfectamente un psicópata sádico hasta la médula, qué sabía ella. El miedo le invadió, y con paso lento y trémulo, fue acercándose al tronco de un árbol monumental que se encontraba justo a su espalda. El individuo de los cuernos seguía sin moverse, a pesar de seguir los pasos de sus pies con la mirada. Su sonrisa no desaparecía y Anne seguía sin poder interpretar sus gestos.  Al final Sophie rompió el silencio.

– Vaya, vaya… no me esperaba una reacción así de ti, la verdad. Me ha sorprendido mucho, y gratamente. – Le susurró acercándose con el busto a Anne –  Por lo menos no eres un zombi sin cerebro – se contoneaba de un lugar a otro mientras hablaba, nunca se estaba quieto al hablar. – Ahora por lo menos sé que no me ha tocado un cobardica que está todo el rato “Por favor, por favor, no me haga daño, a dónde me lleva, yo no hice nada…” – Reproducía en tono de sátira. – No aguanto a esa gente… – Se quejaba entonces a sus alrededores, mientras arqueaba la cabeza entre sus hombros. – Y creía que me había tocado otro incordio de esos… – miró a Anne con la intención de pedir disculpas por aquella insolencia – es que como no parabas de parlotear como un llorica… pero supongo que al final era sólo un miedo pasajero…  ¡Menos mal! – dijo al final, sonriendo con la boca abierta, mostrando de nuevo sus aterradores dientes. – Está bien – dijo a la vez que se dejaba caer sobre una roca. – Descansaremos un rato, ya aprenderás a no cansarte.

Después se tumbó en el suelo de un salto, con los brazos entrecruzados tras su cabeza. Miraba a las alturas, sin cambiar palabra con la nueva inquilina. Anne se acercó a él, más relajada, y se sentó en la roca que acababa de abandonar Sophie. – Gracias – Dijo simplemente. – Sí, bueno, ya me dirás cuándo quieres reanudar la marcha. – Contestó el personaje sin siquiera mirarla. Entonces Anne se dejó caer al suelo, arrastrándose por la roca, hasta que su espalda se quedó apoyada en ésta. Observaba al peculiar personaje que se encontraba a su lado, cómo balanceaba la pierna derecha, doblada sobre la izquierda, mientras miraba a las alturas, aunque nada en particular. – Pero esto no significa que no podamos hablar. – Comentó la chica. Sophie giró la cabeza para mirarla – Bueno, ¿y de qué quieres hablar? – ¿De qué quieres hablar tú? – Le contestó Anne con una sonrisa. – Está claro que sólo podemos hablar de lo que tú quieras, así que por qué no me dices tú de qué quieres hablar. – Al extraño pareció divertirle la propuesta. – Está bien, en ese caso… ¿cómo moriste? – A Anne le vino por sorpresa, lo cierto era que no se esperaba que le preguntaran por algo así, tan de imprevisto. Y no sólo eso, sino que todavía albergaba una pequeña esperanza de que en realidad no estuviera muerta. Al fin y al cabo se notaba tan viva… pero después de esto, no había duda alguna, estaba muerta estuviera donde estuviera…

– Fue un accidente de tráfico… un borracho… se me tiró encima. – Era la primera vez que hablaba sobre el accidente, se sorprendió ella misma de lo que le costaba compartirlo abiertamente con alguien.

– ¿Me estás diciendo que fuiste víctima de un accidente de tráfico?, ¿es eso? – Sophie parecía interesado e intrigado.

– Sí, así es… – Anne tenía la cabeza agachada, le ruborizaba hablar tan tranquilamente sobre el tema.

– ¿Y no fue culpa tuya? ¿fue… me estás diciendo que la culpa fue del otro conductor?, ¿es eso?

– Sí… – por mucho que Sophie estuviera interesado en las circunstancias del accidente, y obviara el hecho de que Anne estaba traumatizada, no conseguía ayudar al extasiado ánimo de la chica.

– Ya veo… interesante, interesante… – el desconcertante personaje volvía a indagar en sus pensamientos, ausente. – ¿Y sabes qué fue del otro conductor? ¿murió también?

– En el acto. – El hombre con cuernos le miró con gesto de satisfacción, incluso exhaló una tímida risa de gozo.

– ¿Qué más, qué más? Dime, ¿qué fue de él? – Sophie se estaba incorporando a cuatro patas, con las manos y las rodillas apoyadas en el suelo, mirando fijamente a Anne. Éste no podía evitar mostrar una sonrisa de complacencia, y los globos oculares volvían a abrirse paso entre sus párpados.

– Lo cierto es que… parecía dormido… o inconsciente, no lo sé. Cuando me fui no reparé en él. – Anne estaba aturdida. – Sé que hice mal… pero ¡Se lo merecía! Me mató, ¡Él me mató! No quería ayudarle, ¡no tenía por qué ayudarle! – la muchacha estaba asustada, << ¿Era por eso por lo que podría haber acabado en el infierno? ¿Había obrado mal, aun siendo el culpable de su muerte? >> Tenía miedo de la respuesta.

– No, no tenías por qué. Es más, no podías ayudarle por mucho que hubieses querido. Estaba condenado. – Los ojos del demoniaco acompañante se mostraban serenos, pero su sonrisa, aunque discreta, demostraba claramente su alegría. – ¿Sabes qué? Me gustas, hay un gran potencial en ti hibernando que pronto despertará. Y eso ya te lo puedo asegurar por lo que me acabas de contar. – Los grotescos dientes volvían a brillar entre sus labios risueños. – Y estaré encantado de guiarte hacia la meta. Vaaaya que sí… – Murmuró en un tono malévolo. Un mal presentimiento recorrió el cuerpo de Anne. Algo le decía que había metido la pata al confiarle todo aquello.

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