Anne podía verlo todo. Las colas de coches que se agrupaban en ambos sentidos de la carretera, los policías controlando el tráfico, las ambulancias aparcadas a los costados, los dos coches empotrados, y los dos cadáveres mutilados. Podía verlo todo, incluso su propio cadáver, irreconocible a primera vista, pero con la absoluta certeza de ser ella misma.
Había sido víctima de un accidente de tráfico: una tarde conduciendo de vuelta a su casa, un conductor borracho se durmió al volante y ocupó su carril, sin siquiera darle tiempo para reaccionar.
“Y ya está” se decía Anne. “Se acabó, así, tan simple”. Pero bien sabía ella que no era tan simple, sencillamente le cabreaba que fuera tan desconcertante y molestamente abrumador. Si no era suficiente con la vergüenza que le causaba la impotencia ante tremenda escena, debía lidiar, además, con una sensación de ingravidez que le enfermaba. Aunque sintiera que su cuerpo estaba en plena forma, capaz de vencer cualquier obstáculo, Anne sabía que éste ya no le pertenecía, puesto que no le era posible notar atisbo alguno de materia física. Era como si se hubiera convertido en un cúmulo de energía con personalidad propia. Y aquella idea invadió su mente sumiéndola en el pánico. Hasta entonces, Anne no había sido realmente consciente de que su cuerpo humano había sido destrozado por el brutal accidente. De repente, las lágrimas le empezaron a caer a borbotones. Unas lágrimas tan brillantes y destellantes que parecía que llorara puros diamantes, pero tan efímeras al contacto con sus mejillas, como si su piel fuera acero incandescente.
<< ¿Qué era de ella ahora? Anne se angustiaba al pensarlo. ¿Se habría convertido en un fantasma? ¿Eso era lo que sentía? Y si seguía allí. ¿Significaba que aun muerta, no iba a poder reunirse con su familia y sus amigos? >> Por su mente pasaron, una a una, las caras de todas las personas que consideró importantes en su vida: su madre, su padre, su hermana, su amigas Lena y Silvia, sus primos Carina y Fernan, y Adam… ya no volvería a ver a ninguno, “¿Nunca?” era lo que temía Anne. Si estaba allí, si después de morir ese era el destino de todos, resultaba imposible volver con los suyos. “No creo que les vuelva a ver” pensó Anne. Comenzó a meditar sobre aquello, “Volver a ver…” se repetía, “Ver a mis queridos…” recapacitaba, “Estar con esa gente de nuevo…”. Y sorprendentemente, cuanto más consideraba aquellas opciones, menos se angustiaba. La pena que sentía empezó a esfumarse, como si la nostalgia se desvaneciera de su mente y el pasado ya no perturbara sus pensamientos. Entonces volvió a mirar su cadáver, aturdida y confundida… Pero esta vez no se inquietó.
Tanto ella como el somnoliento conductor murieron en el acto. Sin embargo, las experiencias de cada uno fueron ciertamente dispares. Mientras que la ebriedad evadió al conductor de cualquier percepción de sufrimiento, Anne se acordaba perfectamente de su instante justo antes de morir. Y aunque se sorprendía al comprobar que, en el segundo precedido a la muerte, no había sido agonía, ni miedo, ni cualquier otra emoción desoladora lo que le rondó por la mente; sino más bien aceptación, serenidad e incluso felicidad de estar satisfecha con una misma; no era capaz de mirar al responsable y no sentir rabia o deseos de venganza hacia su ser.
Y ahí se encontraba ella, completamente consciente, frente a su asesino, moribundo en un mundo de fantasmas… “¿Cómo puede ser?” se cuestionaba Anne, que por un momento sintió compasión por él, al verle elevarse de su cuerpo, inconsciente, sin percatarse de su nueva entidad. Se preguntó si despertaría alguna vez y sería entonces capaz de descifrar algo de lo ocurrido, pero al instante siguiente, recordó que él tenía toda la culpa de lo acontecido, y cualquier amago de simpatía desapareció. De repente una mueca de satisfacción apareció en la cara de Anne, parecía que la justicia divina había condenado al culpable. “Al menos hay justicia en el mundo de los muertos” se dijo a sí misma.
Durante un tiempo, Anne se quedó pasiva, observando su anterior cuerpo, ya inútilmente mutilado en el asfalto. Su largo cabello, castaño y ondulado, difícilmente se diferenciaba ahora del color de la sangre y los trozos de cristal roto que se esparcían por toda su cabeza; sus ojos verdes, ahora estaban tan blancos como el vacío…; su nariz respingona, ya ni siquiera se podía reconocer, por culpa de la hemorragia e hinchazón que sufría… Y ese cuerpo, que siempre había presumido de atlético, ahora parecía tan débil, enclenque e inservible… No podía comprender cómo algo tan desfavorecido había podido otorgarle movilidad y estabilidad durante tantos años.
Finalmente su cadáver fue trasladado, y para aquel entonces Anne ya se había olvidado por completo del conductor inconsciente. Su mente había sido vaciada de toda ansiedad. Lo único que se mostraba ante ella era la inverosimilitud, la irrealidad del trascurso del tiempo. Por ello mismo, sería imposible acertar el momento exacto en que se percató de la desaparición de su cuerpo. Podría haber sido justo cuando lo recogieron, o varias semanas después. Porque en el estado etéreo de las almas, Anne pudo advertir, que el tiempo se convierte en un concepto inconcebible. De todos modos, fuera cuando fuera, al descubrir que su cuerpo ya no se tendía en el asfalto que se postraba frente a ella, la necesidad de permanecer en aquel lugar se esfumó cual gota de agua evaporada, así que se irguió y se marchó a inspeccionar los alrededores del nuevo mundo que se presentaba ante ella.
A primera vista, no encontraba nada que llamara su atención. Todo era igual que siempre: la carretera se veía igual de convencional, los arbustos se veían tan apagados como en vida, el sonido de las hojas agitadas por el aire era el mismo de siempre, y el aroma a flores salvajes seguía embriagándola del mismo modo… Aún así, algo era distinto… las piernas… le eran innecesarias. Las miraba, las tocaba, pero no las usaba, puesto que flotaba. Con su nuevo estado etéreo era capaz de bailar entre las ramas más altas de los árboles centenarios, e incluso podía subir y abrigarse con las radiantes nubes de las alturas. Ya no necesitaba el suelo para nada, y era tal su satisfacción, que no podía evitar mirarlo y reírse a carcajadas.
Cuanto más se divertía con sus nuevas habilidades, más quería abarcar. La zona donde se encontraba era conocida para Anne, era la carretera que cogía todos los días para ir de su casa al trabajo. Ella vivía en un pueblo a unos kilómetros de la ciudad donde trabajaba, rodeado de llanuras y bosques de píceas. Le gustaba su pueblo, porque era tranquilo, pero nunca había sentido la necesidad de conocer aquellos bosques, profundos y superpoblados; por lo que sólo los había visto desde la carretera. Pero ahora era distinto, ahora podía moverse entre las ramas y las rocas, subir las colinas, y descubrir todos los encantos que se escondían en ellos. Así que decidió adentrarse en el bosque, intrigada por lo que podría ver en su nuevo estado, especialmente desde las alturas.
Se desplazaba por los barrancos más abruptos, que en vida nunca podría haber pisado, para maravillarse de las vistas privilegiadas; se movía entre los animales y los árboles, se topó con un pequeño lago y nadó entre los peces y las algas, como un animal acuático más. Luego descubrió un sendero y lo siguió, pero por más que lo siguiera no encontraba a ningún transeúnte, ni a un solo humano en todas aquellas tierras. Y aparecieron sus primeras dudas << ¿Y los fantasmas? ¿Es que no había fantasmas como ella en todo el bosque? ¿Acaso estaba sola? >> Desde ese momento, aquellas dudas no le dejaron ni un solo momento, no importaba dónde fuera, o con qué fin fuera, siempre acababa curioseando, intrigada, si podría encontrar por esos lugares algún ser parecido a ella. Pero el tiempo pasaba, y sólo veía más árboles, más animales y más barrancos, pero ni un alma. Llegó a aborrecer la monotonía del bosque, y a ansiar el encuentro con algún otro ser. “Pero no puedo ser el único fantasma”, se decía Anne. “Si no están aquí tendré que buscarlos más allá de los bosques”. Pero cuando quiso buscar el modo de encontrar la salida, se dio cuenta que había perdido también el sentido de la orientación. Podría haber estado moviéndose en círculos sin haberse percatado, no podía averiguarlo. La garganta se le cerró, y una fuerte presión le reprimía el pecho.
La simple idea de quedarse en aquellos bosques sola, para la eternidad, le aterraba. Empezó a desesperarse, a buscar alguna otra alma como ella. Gritaba esperanzada de que alguien la escuchara, subía a las alturas para atisbar el fin de los árboles, pero no lo veía; hasta buscaba cualquier signo en la superficie que revelara la ubicación de algún humano, espíritu, lo que fuera... Era tal su ansiedad, que hubiera vuelto con el fantasma inconsciente si hubiera sabido regresar.
Entonces, una noche, divisó una luz entre la oscuridad de los árboles. Sabía que el resplandor de la luna no podía ser, porque ya había caído en aquel error en otras ocasiones, y aprendió a reconocer el color blanquecino que impregnaba tanto en hojas, como en rocas, como en agua. Ese color, en cambio, era dorado como el mismísimo oro, y no se extendía sobre el terreno, sino que toda la luz parecía nacer de un solo foco, como la que crearía una hoguera. Anne se apresuró lo más rápido que pudo, hacia el origen de aquella luz dorada, que cada vez se veía más fuerte, más cálida y abrumadora. Su pecho palpitaba, como si aún tuviera un corazón que le latiera la sangre; y su vientre se revolvía en sí mismo, como si un estómago le estuviera atormentando por los nervios. Ya no disipaba nada a su alrededor, excepto el resplandor de la luz, que le cegaba la vista. Se apresuró todavía más, al presentir la cercanía de aquella fuente de luz. Le daba igual no ver nada, mientras aquel brillo la guiara; cuando, inhóspitamente, la luz prácticamente se desvaneció, y el calor sofocante ya no le envolvía más. Parecía como si el bosque se hubiese helado y ni una hoja, ni un insecto se atrevieran a quebrar aquel silencio. Y en el centro de aquella escena, sólo quedó despierto de aquel hechizo un reflejo, pequeño pero bien intenso y claro, de unos ojos risueños, grandes y puntiagudos, que la miraban con astucia; y una boca que dibujaba una sonrisa tan alta como los ojos, y tan aterradora y torturante como si estuviera viendo al sadismo en persona. Aquella silueta era espeluznante, derrochaba un aire de maldad y terror que se penetraba en lo más profundo del alma de Anne, como si fuera una ventana abierta, vulnerable a cualquier allanamiento, pudiendo manejarla, y envolver su mente en el pánico más escalofriante. Fue tal la perversión de aquella mirada, que Anne olvidó su estado incorpóreo, y volvió a atormentarle el mismo miedo que sintió al ver el coche lanzarse directamente contra el suyo.
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